Las elecciones presidenciales de Estados Unidos y América Latina

El ‘3 de Noviembre’ no sólo definirán el rumbo que tome este país norteamericano –continuidad (Donald Trump) o cambio (Joe Biden)–, sino que influirán en el fondo y, sobre todo, en las formas y el enfoque de las relaciones internacionales, es el caso de Whashington y La Habana

EL BESTIARIO

POR SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

América Latina no vota en las elecciones de Estados Unidos, dentro de diez días, el próximo 3 de noviembre del 2020, jornada histórica, pero su futuro económico-comercial, social y geopolítico se vuelve a poner en juego en estos comicios. La reelección del republicano de Donald Trump en la Casa Blanca, por otros cuatro años, o la ruptura que representa Joe Biden, el vicepresidente con el demócrata Barack Obama, va a depender en ciertos estados, algunos claves como Florida, del voto hispano o latino. Hace tiempo que Latinoamérica dejó de ser importante en la agenda internacional de EE UU. Ni el triunfo de Joe Biden ni la reelección de Donald Trump harán cambiar su posición periférica. Pero, en esta ocasión, la pandemia del COVID-19, las tareas posteriores de reconstrucción, más importantes si cabe en un área tan golpeada como la región, y el cada vez más intenso enfrentamiento geopolítico entre China y EE UU, Pekín y Whasthington, otorgan a estos comicios una importancia especial, reforzada por el contagio del presidente y su entorno. La elección del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la resolución de la crisis venezolana, las sanciones contra algunos países latinoamericanos (Cuba, Venezuela y Nicaragua) y los equilibrios regionales son sólo algunas de las cuestiones que han estado y seguirán en juego y que, de alguna manera, se verán afectadas por el resultado y por la identidad del ganador.

Prueba de este papel secundario ha sido la nula presencia de temas latinoamericanos en el primer debate entre Trump y Biden, aunque lo mismo se puede decir de la mayor parte de los temas internacionales. En realidad, si alguna de estas cuestiones se hubiera abordado hubiera sido sólo en clave interna. Sin embargo, el periódico mexicano El Economista tituló: “Primer debate presidencial: Trump y Biden se concentran en problemas internos; de México, ni una palabra”. Una vez más se ve que si EE UU se ocupa de América Latina, mal (y peor si se ocupa mucho), pero si no lo hace también mal. Si bien el panamericanismo y las relaciones hemisféricas se han desarrollado desde mediados del siglo XIX, América Latina fue motivo de especial preocupación para Washington después de 1959, tras el triunfo de la Revolución Cubana. La alianza entre Fidel Castro y la URSS, durante la Guerra Fría, aumentó el temor de las sucesivas Administraciones. Tras el frustrado intento de Bahía de Cochinos, el castrismo intentó protegerse de una nueva “agresión imperialista”, exportando la revolución a su entorno (décadas de 1960 y 1970). La búsqueda de aliados en la izquierda latinoamericana, el impulso de la lucha armada y la creación de focos guerrilleros fueron un problema constante para Washington.

Durante años, América Latina estuvo en el centro de la agenda de EEUU. La respuesta varió del intervencionismo de algunos presidentes republicanos (Dwight D. Eisenhower, Richard Nixon y Ronald Reagan) y demócratas (Lyndon Johnson), a ciertas estrategias novedosas (John Kennedy y la “Alianza para el Progreso”). El triunfo Sandinista en 1979 y los conflictos centroamericanos –versión regional del duelo geopolítico entre las dos superpotencias– confirmaron los temores de los sectores más radicales de Washington.

Si bien el final de la Guerra Fría (1989) rebajó el valor estratégico de la región, diversas iniciativas intentaron reforzar la relación hemisférica, ya no desde la ideología (anticomunismo) sino desde el comercio. Fue el caso del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que naufragó a comienzos del siglo XXI cuando Néstor Kirchner y Hugo Chávez, con la anuencia de Lula da Silva, hundieron la propuesta de George W. Bush, lanzada por Bush padre y, sobre todo, por Bill Clinton. Previamente, los atentados terroristas del 11-S (2001) habían sacado a América Latina del radar estratégico de EEUU, al no suponer una amenaza estratégica. La región ha ido perdiendo peso en la política exterior estadounidense, que desde 2005 carece de un proyecto regional, centrándose en temas concretos: el vínculo estratégico con México, la migración centroamericana, la crisis venezolana, la relación con Cuba, y el crimen organizado y el narcotráfico. No sólo no existe una estrategia integral, sino que también va decayendo el peso económico estadounidense (nuevas inversiones extrarregionales: China) y su presencia político-institucional. George W. Bush visitó la región 18 veces (seis México; dos Perú, Colombia y Brasil; y una El Salvador, Chile, Argentina, Panamá, Uruguay y Guatemala), mientras Barack Obama viajó 15 (cinco México; y una Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Jamaica, Panamá, Perú, Trinidad y Tobago y, la muy simbólica, a Cuba). En su primer cuatrienio, Trump no ha realizado ninguna gira por la región: su única visita fue a una cumbre del G-20 en Buenos Aires.

Esa desatención fue agravada por los problemas que arrastra el Departamento de Estado en esta Administración. Carece de continuidad, coherencia en los nombramientos y capacidad de planificación, lo cual ha influido negativamente en sus relaciones exteriores en general y en América Latina en particular. Como se ha mencionado, las líneas generales de la agenda latinoamericana han estado condicionadas por la política interna. Al igual que en otras partes del mundo, Trump ha sometido la política exterior a sus intereses personales: Venezuela y Cuba han servido para atraer el voto de Florida; y México y Centroamérica han sido parte de su estrategia anti-inmigración dirigida al sector más xenófobo del Partido Republicano. A estos puntos concretos, durante la era Trump, se ha añadido el temor a China, que ha ido creciendo en los últimos años. El creciente protagonismo chino surgió del comercio, y se intensificó tanto con las inversiones y el sector financiero como con las relaciones diplomáticas. Hoy China es el mayor acreedor de América Latina, superando el total de préstamos concedidos por el BID, el Banco Mundial y la CAF conjuntamente. Pekín ha incrementado los intercambios comerciales hasta rondar los 300.000 millones de dólares y ha elevado su inversión directa, calculada para 2012-2017 en 65.000 millones.

Si bien EE UU sigue siendo el principal socio económico de América Latina, su presencia ha ido perdiendo peso. En los últimos 15 años el porcentaje de su comercio bajó del 52% al 34%, mientras China pasó del 1% al 11% y ya es el primer socio comercial de varios países, especialmente los grandes productores de commodities (Argentina, Brasil, Chile y Perú). En cuanto a la inversión extranjera directa (IED), EE UU sigue siendo el mayor inversor, aunque la presencia china ha subido en la última década. Si entre 2001 y 2005 las empresas chinas invirtieron 4.400 millones de dólares, entre 2011 y 2017 superaron ampliamente los 70.000 millones. El enfrentamiento entre China y EE UU también tiene en América Latina un escenario de conflicto. La fuerte campaña estadounidense para evitar que los gobiernos latinoamericanos se inclinen por la tecnología 5G de Huawei así lo prueba. El embajador estadounidense en Brasil, Todd Chapman, declaró al diario O Globo: “Si Huawei obtiene la licencia para introducir la tecnología 5G en Brasil, eso tendrá consecuencias”.

Una de las principales razones por la que se impulsó la candidatura de un estadounidense en el BID fue para contrarrestar la penetración china, aunque la apuesta por Mauricio Claver-Carone supusiera romper la tradición de elegir un presidente latinoamericano desde la creación del Banco en los años 1950. Además, ha desencadenado una pérdida de “poder blando”. El movimiento de Trump ha dejado un sabor amargo, al evidenciar las fracturas de la región y acentuar la sensación de impotencia entre gobiernos incapaces de definir un destino común y contar en el escenario internacional. Asimismo, ha incrementado la vieja polarización regional y ha servido para incrementar las divisiones existentes. Si los gobiernos regionales hubieran consensuado un latinoamericano para presidir el BID, esta maniobra no habría prosperado, al carecer de respaldo suficiente.

La primera Administración Trump (2017-2021) ha mantenido a América Latina en la periferia de la agenda internacional. Las excepciones han sido la estratégica relación con México, los problemas migratorios centroamericanos, el narcotráfico, la crisis política de Venezuela y su vínculo con Cuba y Nicaragua, y, en ciertos momentos, durante el gobierno de Macri, la crisis económica argentina. Este escenario (Latinoamérica como tema periférico para un gobierno centrado en escenarios concretos más que en una política regional) no va a cambiar sustancialmente, tanto si es reelecto Trump como si se produce el cambio. Con Biden, América Latina tampoco recuperará la centralidad en la agenda de una Administración demócrata, pero cambiará el tono y, en una parte sustancial, el fondo de la relación. Cynthia Arnson, directora del Programa de América Latina del Woodrow Wilson Center, señala que con Biden existiría un “cambio drástico de tono y enfoque” hacia América Latina ya que “se acabarían las amenazas y el acoso que los países han experimentado”. El demócrata aspira a recuperar el “poder blando”, reconstruyendo el papel mundial de EE UU como líder político e incluso “moral”. Pretende encabezar respuestas multilaterales y ser un articulador de soluciones colectivas a problemas comunes. Con Biden, EE UU regresaría a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y al Acuerdo de París.

Este cambio de estrategia se construiría abandonando el actual tono bronco y áspero, repleto de amenazas y basado en el “palo y la zanahoria”, para pasar a una relación más “amable”, de gestos y complicidades. El vínculo entre Biden y la región es más estrecho y ha gozado de continuidad desde que fue vicepresidente (2009-2017): viajó casi 20 veces a América Latina. En julio de 2019, en El Nuevo Herald, expuso los pilares de su proyecto hemisférico: unas “políticas regionales basadas en el respeto” y alejadas de las estrategias impulsadas por el actual gobierno. “La política de la Administración (Trump) en América Latina es, en el mejor de los casos, una vuelta atrás a la Guerra Fría y, en el peor de los casos, un desastre ineficaz”. Sin embargo, en los dos primeros años, la atención del nuevo presidente de EE UU, cualquiera que sea, va a estar centrada en la reconstrucción post pandemia, lo que afectará de un modo importante la relación con América Latina.

Antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca, todo apuntaba a que la relación con México podía ser explosiva. Durante la campaña electoral de 2016 los ataques verbales hacia los mexicanos y su propuesta de construir un muro fronterizo pagado por México crearon un ambiente tenso. Sin embargo, la relación entre Trump y Andrés Manuel López Obrador (AMLO) –a partir de su llegada al poder en diciembre de 2018– ha sido mejor de lo esperado. En la mayoría de las ocasiones ha primado el pragmatismo sobre las declaraciones altisonantes y provocativas a las que ambos son afectos. López Obrador no sólo no ha liderado un bloque latinoamericano de “izquierdas”, sino que, una a una, se ha ido plegando a las posiciones de Trump tanto en materia migratoria como en asuntos comerciales y, finalmente, en la elección del BID. La estrategia habitual “trumpista” (elevar las exigencias y las amenazas para negociar desde una posición de mayor fuerza y hacer concesiones controladas en el acuerdo final) se dio tanto en la renegociación del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA) entre EE UU, Canadá y México, como en las medidas de control de la emigración adoptadas por México.

Michel Shifter, del Diálogo Interamericano, ve que López Obrador “básicamente se ha acomodado a Trump en inmigración y su idea. Su papel esencial es no meterse en una batalla contra Trump. No creo que haya habido mucho rechazo por parte de AMLO (a las peticiones de Trump sobre inmigración). Es interesante porque mucha gente lo describe como de ideología izquierdista, pero no te esperas que un presidente de izquierdas se comporte así”. Incluso en el tema de la elección del BID, México, en un principio partidario de posponer la elección para impedir la llegada de un candidato estadounidense, acabó aportando el quorum necesario y absteniéndose, lo que permitió elegir a Claver-Carone. Con Biden en la Casa Blanca, México continuaría siendo prioritario en la agenda. La buena relación de López Obrador con Trump, como se vio en su visita a Washington, debería mejorar. Lo que sí desaparecería son las amenazas y los gestos de desdén propios de Trump. Con Biden, la construcción del muro dejaría de ser central. Para el control limítrofe, propone “asegurar” la frontera “de una manera humana y que establezca un conjunto racional de reglas para los aspirantes a inmigrantes, invirtiendo en tecnología inteligente en nuestros puertos de entrada y agilizar el sistema de acogida contratando más jueces de inmigración y oficiales de asilo”. Su programa electoral pretende que los que buscan refugio en EE UU sean “tratados con dignidad y obtengan la audiencia justa que legalmente tienen derecho a recibir”. Por eso, cobraría mayor relevancia la potenciación del programa de Acción diferida para los llegados en la infancia (DACA) que protege de la deportación a unos 700.000 jóvenes. Biden, que respaldó el T-MEC, deberá hacer frente a la presión de sindicatos y empresas que denuncian las presuntas violaciones de los derechos laborales en México y a los grupos demócratas menos favorables a los tratados de libre comercio y que priorizan la agenda verde y las medidas de tipo ambientalista que México incumple. Desde una perspectiva migratoria, América Central, especialmente el Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador y Honduras), se ha convertido en vital. La estrategia de Trump ha buscado convertir a sus naciones en “terceros países seguros” para devolver emigrantes y contener y limitar los flujos migratorios. Los tres acuerdos firmados con los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras en 2019 para controlar la migración irregular llegaron después de que Trump anunciara un recorte de la ayuda económica.

La apuesta de Biden por “asegurar que nuestras políticas en las Américas reflejen una vez más nuestros valores estadounidenses”, debería verse con mayor claridad en la inmigración ilegal. Así, rompería con los pilares de la política anti-inmigratoria de Trump (impulso a los programas de “Tercer país seguro” y construcción del muro en la frontera con México) y respaldaría la continuidad del DACA. Biden ha sido más sensible a la situación de América Central (cuando era vicepresidente propuso un “Plan Marshall” para la región) y busca cambiar el “palo y la zanahoria” trumpista por nuevos programas específicos, sobre todo en El Salvador, Guatemala y Honduras, para crear “oportunidades futuras para su propia gente”. En esa línea, destinaría 750 millones de dólares para apoyar reformas. Fuera de México y América Central, el interés estadounidense se ha centrado en Venezuela: apoyo a Juan Guaidó, incremento de la presión al chavismo vía sanciones y “amagos” de desencadenar una invasión militar para acabar con el gobierno de Nicolás Maduro. En realidad, fueron cantos al sol que nunca tuvieron respaldo militar ni operacional. La falta de una estrategia coherente y el exceso retórico han caracterizado la política venezolana de Trump, lo que explica su fracaso. Durante sus cuatro años, Maduro ha sido reelegido (2018) y ha conseguido sostenerse en el cargo (2019-2020), resistiendo el reto que representó la aparición de Guaidó, apoyado por Washington y otros 50 gobiernos del mundo.

Durante la actual campaña electoral, y para retener el voto hispano –especialmente el cubano y también el venezolano, pese a su menor peso cuantitativo–, Trump sigue intentando liderar la ofensiva contra Cuba y Venezuela y conseguir su colapso. Florida, como swing state, puede ser decisiva en la elección .En su reciente visita a Brasil, Guyana, Surinam y Colombia, el secretario de Estado, Mike Pompeo, abogó por la salida de Maduro: “Sabemos que el régimen de Maduro ha diezmado al pueblo de Venezuela y que el propio Maduro es un narcotraficante acusado. Eso significa que tiene que irse”. Tampoco cabe desechar que el pragmático Trump, una vez reelecto, abra la puerta a algún acercamiento con el chavismo, con las sanciones como moneda de cambio. Biden, como Trump, aspira a presenciar el final del régimen chavista, pero por otras vías. Por eso, es posible que esté más cómodo con el pragmatismo de la “estrategia Capriles”, que con la agotada y disruptiva “estrategia Guaidó”, como forma de destrabar la crisis política e institucional venezolana. El demócrata impugna de forma frontal la política venezolana de Trump, por lo que su llegada a la Casa Blanca podría implicar un cambio de enfoque. Biden, que ha ofrecido otorgar a los inmigrantes venezolanos el estatus de Protección Temporal (TPS), daría la vuelta a las políticas de Trump, que considera “dañinas” y “un fracaso abyecto”, porque han servido para que Maduro se fortaleciera desde que Trump asumió el poder: “El pueblo venezolano está peor, vive en una de las peores crisis humanitarias del mundo y el país no está más cerca de unas elecciones libres”.

La relación con Cuba es una de las incógnitas de lo que sería una nueva Administración demócrata en América Latina. ¿Intentará recuperar la política de Obama, o la actitud del gobierno encabezado por Miguel Díaz-Canel, tanto en materia de derechos humanos como por su presencia en Venezuela, lo haría mucho más cauto al respecto? Biden considera que el gobierno republicano “no ha hecho nada para promover la democracia y los derechos humanos, por el contrario, la represión contra los cubanos por parte del régimen ha empeorado”, por lo que ha propuesto revertir la decisión de limitar las remesas de las familias cubanas: “Mi plan es seguir una política que promueva los intereses y empodere al pueblo cubano para que determine libremente su propio resultado, su propio futuro”. De ahí que su política se concentre en abrir la mano en todo aquello que beneficie al pueblo cubano, pero no al gobierno castrista, como las remesas, el turismo…

El narcotráfico ha sido un tema prácticamente ausente durante esta campaña, aunque ha reaparecido en el tramo final, con Trump erigido en el adalid de la mano dura frente a los cárteles y el crimen organizado, intentando presentar a su rival como blando. Trump ha afirmado que “la anterior Administración también negoció el terrible tratado Obama-Biden-Santos con los cárteles de droga colombianos, se rindieron ante los narcoterroristas e incrementaron la producción de drogas ilícitas. Bajo mi Administración trabajamos con nuestros pares colombianos para lanzar una histórica operación en contra de los traficantes de drogas y desde abril hemos incautado una impresionante cifra de 227 toneladas de narcóticos tóxicos”. Trump ha tratado de deslegitimar a Biden, tanto por su presunta debilidad con las guerrillas y el narcotráfico como por estar financiado por la extrema izquierda latinoamericana (el colombiano Gustavo Petro), con vínculos con el terrorismo y el narcotráfico: “La anterior Administración se rindió ante los narcoterroristas… ¿Hay alguien de Colombia aquí? ¿Saben lo que pasa allá? Biden incluso ha recibido el respaldo del socialista Gustavo Petro. Nada bien, cierto? Para nada un buen respaldo. Un ex miembro de la guerrilla M-19. No es un buen respaldo y él lo sabe”. En este escenario, poco espacio queda para debates serios y técnicos sobre las drogas. Todo indica que, más allá de descalificaciones desmedidas propias de la campaña, Trump y Biden no alterarán sustancialmente la política antinarcóticos que, con escasas variaciones, se remonta a la época de Nixon. En 2016, cuando Biden se vio con Macri en Davos, una de las promesas que le hizo al entonces nuevo presidente fue intensificar la colaboración entre ambos gobiernos para combatir el narcotráfico.

A corto plazo, el papel electoral más importante de lo latinoamericano se relaciona con el peso e importancia del heterogéneo voto hispano o latino. Los hispanos, primera minoría étnica de EE UU, son ya más de 60 millones, un 18% de la población. Pero, poco más de 30 millones podrán votar en noviembre, lo cual los convierte en la primera minoría electoral (el 13,3% del total), casi el doble que en 2000 cuando sólo eran el 7,4%. De México proviene la mayoría (61,9%), seguido de Puerto Rico (7%), Cuba (4%), El Salvador (3,9%) y República Dominicana (3,5%). Los venezolanos son los que más han crecido en los últimos años. Cinco estados reúnen a la mayor cantidad de votantes hispanos: California (casi 8 millones), Texas (5,6 millones), Florida (más de 3 millones), Nueva York (más de 2 millones) y Arizona (1,2 millones). En Nuevo México constituyen el grupo más numeroso habilitado para votar (43%) y en Florida son el 20% del total.

La abstención latina ha sido históricamente elevada. En las presidenciales de 2016, cuando se esperaba una fuerte participación, apenas votó el 47,6%. El techo sigue puesto en 2008: el 49,9%. Tradicionalmente, los hispanos han votado más demócrata que republicano, aunque estos han captado el voto cubano (anticastrista) y, últimamente, el venezolano (antichavista). El demócrata que más apoyo latino obtuvo fue Bill Clinton en 1996 (73%). En 2016, Hillary Clinton cosechó el 66% del voto latino, frente al 28% de Trump. Este sector de la población ha sido el más golpeado por el COVID-19, tanto en el terreno económico como en el sanitario. Según el Pew Research Center, casi un tercio de los contagios en EE UU se han dado dentro de la comunidad latina. Esto ha provocado que la pandemia se haya convertido en un tema central de la campaña para este sector de la población que ve de forma crítica la forma en la que se ha gestionado la crisis.

Trump y Biden han dedicado una parte importante de la campaña a cortejar a los hispanos. Uno de los ámbitos de esa lucha ha sido Florida, que elige 29 de los 270 votos electorales. Allí hay votantes con raíces en Cuba, Venezuela, Puerto Rico y República Dominicana y el voto latino representa un 20%, con un tercio de cubano-americanos. Por eso Trump ha centrado su mensaje en señalar que Biden encarna el “peligro socialista”, un mensaje dirigido a una comunidad (exilio venezolano y cubano) muy sensibilizada. En sus mítines y vídeos de campaña ha comparado a Biden con figuras de la izquierda latinoamericana, como Fidel Castro, Chávez y Maduro, e incluso le ha acusado de estar financiado por Petro. Si Trump con su mensaje antisocialista busca el voto cubano y venezolano, Biden tiende puentes con el elector puertorriqueño y centroamericano, centrándose en temas sociales. Critica a Trump por su deficiente gestión del Huracán María en 2017 y ha ofrecido convertir a Puerto Rico en un nuevo estado de la Unión. Acompañado de figuras de la cultura latina, como Luis Fonsi, Eva Longoria, Ricky Martin, Lin-Manuel Miranda, Rita Moreno, John Leguizamo, Lila Downs y Adrián González, defendió a Puerto Rico y planteó un plan para reactivarlo. Dijo que Trump se ha olvidado de que “los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses”. Celebró en Kissimmee, una comunidad de mayoría puertorriqueña al sur de Orlando, el Mes de la Herencia Hispana, reconociendo la labor y el trabajo de los latinos y su integración en EEUU. Una clave en Florida pasa por los votantes no cubanos. Estos, que hegemonizaron el voto hispano durante décadas, ahora sólo superan por poco a los no cubanos, con un 51% frente a un 49%, transformando a puertorriqueños, centroamericanos y sudamericanos en un semillero de votos. Por otro lado, la otrora homogeneidad característica de la comunidad cubano-americana se ha deteriorado con nuevas oleadas migratorias y los distintos lazos con familias y sociedad cubanas. La reacción de unos y otros frente a problemas concretos, como las remesas o los viajes a Cuba, así lo atestiguan.

Biden ha mandado guiños simbólicos a Centroamérica (al recordar, por ejemplo, la fecha de su independencia). Asimismo, ofrece reanudar la asistencia económica y apoyar a los emigrantes, asegurando que “siempre lucharé por la democracia y por aquellos que vienen a América a buscar una mejor vida… El exitoso futuro de nuestro país depende de que los hispanoamericanos tengan las oportunidades y las herramientas que necesitan para triunfar”. Incluso ha tratado de atraer el voto venezolano (antichavista y más cercano a Trump), ofreciendo concederles de inmediato un estatus de protección temporal. La apuesta de Trump por movilizar el voto cubano y venezolano aventando el “peligro socialista” de Biden puede estar dando sus frutos frente a una estrategia más social del demócrata. La encuesta de la Universidad de Quinnipac otorga a Trump una ventaja de dos puntos en el voto latino de Florida. Otro sondeo, de Marista Poll/NBC News, concede al actual presidente una ventaja de tres puntos. Un tercero, de Equis Research, apunta a que Biden ganaría el 37% del voto hispano frente al 53% de Trump. Biden, a quien otras encuestas dan una ventaja de un punto, confía en que el voto hispano resulte decisivo en otros estados clave como Texas o Arizona, donde está muy por delante. Allí, los hispanos, de origen más mexicano que cubano, suelen votar demócrata. Parece evidente que Biden, que ha privilegiado la conquista de estados como Wisconsin, Pensilvania y Míchigan, carece del arrastre de los Clinton sobre el voto latino: lo lidera por un margen de 20 puntos, cuando Clinton, hace cuatro años, ganó por 38 puntos.

La continuidad de Trump o la llegada de Biden exigirán de los gobiernos latinoamericanos una reafirmación de su vínculo con Washington si Trump continúa en la Casa Blanca, o un nuevo posicionamiento en caso de un relevo. Sin embargo, cambio o continuidad afectarán de forma diferente a cada país, empezando por la relación con las dos potencias regionales, ambas gobernadas por presidentes populistas y heterodoxos (López Obrador y Bolsonaro). López Obrador tiene una relación muy fluida con Trump, basada en el mutuo interés. López Obrador seguirá cultivándola con Trump y con Biden. Pero un nubarrón se alza en el horizonte: la IV Transformación de López Obrador. Tras las elecciones legislativas de medio término es probable que AMLO trate de acelerar el cambio institucional, avanzando en su proyecto más intervencionista en materias sensibles como la energía, donde las empresas estadounidenses tienen importantes intereses. Estas medidas, con independencia de quién mande en EE UU, provocarán tensiones. Pero López Obrador parece estar cómodo con Trump, como mostró en agosto en la Casa Blanca. Irónicamente, su relación con Biden podría ser más compleja en temas sensibles e icónicos para una Administración demócrata, como la agenda verde, el respeto al medio ambiente o los derechos laborales. El presidente latinoamericano que más perdería con la derrota de Trump es Bolsonaro, su único aliado regional incondicional. Bolsonaro está bastante aislado, con serias diferencias con los presidentes de las diferentes “izquierdas”, en especial Alberto Fernández por no hablar de Maduro, mientras los de centroderecha no le ven muy confiable. Su vínculo con el exterior es Trump, aunque la relación no haya dado frutos concretos. Con Biden, ese nexo desaparecería, dando paso a una relación más tormentosa. Su negacionismo del cambio climático le haría colisionar con Biden y su agenda verde, de mayor peso y un fuerte contenido simbólico. De hecho, el presidente brasileño se enfrentó a Biden el 30 de septiembre, al calificar de “desastroso y gratuito” la petición de frenar la deforestación amazónica. Bolsonaro advirtió que esas declaraciones amenazan la “convivencia cordial” entre Brasil y EE UU.

La relación con Colombia no debería variar excesivamente. Duque es uno de los pocos aliados regionales sólidos de Trump, como se comprobó en el apoyo a Claver-Carone. La relación bilateral ha sido estrecha, aunque en Washington esta descansa en un fuerte componente bipartidista, especialmente en la lucha contra las guerrillas y el narcotráfico. El Plan Colombia fue impulsado por Clinton y respaldado posteriormente por gobiernos de ambos partidos. Duque, moderado y pragmático, seguirá teniendo hilo directo con la Casa Blanca, con uno u otro, si bien con Biden los Derechos Humanos tendrán mayor importancia. Los demócratas exigirán profundas reformas –como en la policía–, adecuando al país a los estándares internacionales. La decisión de Duque, apoyada por Trump, de fumigar los cultivos de coca con glifosato sería un obstáculo con los demócratas, que consideran que su uso atenta contra la naturaleza y amenaza la salud. De todas formas, una Administración demócrata deberá enfrentar un hecho innegable: el incremento de la producción de coca obliga a disminuir el énfasis en temas medioambientales para optar por mayor asistencia antinarcóticos y aparcar su rechazo a las fumigaciones. Si Duque no tiene mucho que temer ante un cambio, el salvadoreño Nayib Bukele afronta una situación diferente. El antiguo miembro del FMLN (izquierda) ha protagonizado un giro a la derecha y se ha alineado con Trump. Si su vínculo con el gobierno republicano es fluido, con el Partido Demócrata es todo lo contrario. Un grupo de legisladores demócratas de ambas cámaras dirigió a Bukele una carta denunciando amenazas a la libertad de prensa y acoso a los opositores: “Hoy, escribimos para manifestar nuestra profunda preocupación por la creciente hostilidad de su gobierno hacia los medios independientes”. Por eso son importantes para Bukele las elecciones legislativas de febrero, con el fin de obtener una mayoría en la Asamblea y diseñar un nuevo marco institucional. Bukele sabe que con Biden se acabaría el cheque en blanco que hasta ahora le ha dado Washington, o al menos se reduciría su margen de acción. Mari Carmen Aponte, exembajadora en El Salvador y subsecretaria de Estado para Asuntos Hemisféricos con Obama, ha advertido a Bukele que Biden reaccionaría ante sus excesos: “Creo que el presidente Bukele debe pensar que puede haber un cambio y la próxima Administración no será tan pasiva y va a ser más exigente en cómo podemos trabajar juntos, siempre de una forma positiva. He visto con interés que él viaja a Washington, eso es maravilloso, pero creo que en Washington le van a hacer algunas preguntas difíciles y debe estar preparado”.

En la Venezuela de Nicolás Maduro resistir es vencer, como en la Cuba de Fidel Castro. Trump es funcional al régimen chavista, que se fortalece internamente con sus salidas de tono e incluso con las sanciones, hasta ahora incapaces de socavar el poder de Maduro. La “vía Capriles”, que de sobrevivir sería explotada más por Biden que por Trump, podría transformarse en una amenaza mayor que la estrategia del enfrentamiento vigente hasta ahora. Biden no rebajaría las sanciones, que ya no serían un fin en sí mismo, como con Trump, sino una herramienta para la democratización. Sin embargo, tanto Venezuela como Cuba tienen larga experiencia para abortar salidas consensuadas a la crisis venezolana. Los asuntos venezolanos y cubanos están entrelazados y ambos regímenes, ahogados económicamente, necesitan cierta apertura internacional, lo cual conlleva concesiones a Washington. Con Cuba, una nueva Administración republicana estaría signada por el continuismo y una demócrata no sería simplemente el regreso a los tiempos de Obama. Para otros países el cambio no supondría grandes transformaciones. Con la Argentina kirchnerista la relación actual es fría y aunque una Administración demócrata podría parecer que acercaría a las casas Blanca y Rosada, la realidad es que cuando Obama y Cristina Kirchner coincidieron como presidentes abundaron los roces, los malentendidos y hasta alguna crisis diplomática.

“En estas elecciones presidenciales, América Latina se juega mucho según haya continuidad o cambio en la Casa Blanca. Si bien es verdad que el triunfo de Biden no convertirá a la región en un tema prioritario, no es menos cierto que una nueva Administración cambiaría el fondo, las formas y hasta el enfoque del vínculo con los países latinoamericanos. La reelección de Trump reforzaría el papel de América Latina sólo como un elemento más de su estrategia general centrada en frenar el avance de China. Más allá de esta política de contención del ‘peligro chino’, Trump seguirá sin tener una estrategia global hacia la región, porque su apuesta pasa por las relaciones bilaterales con determinados países como México, Brasil o Colombia. Si bien el objetivo aparente de Trump seguiría siendo acabar con el régimen de Venezuela y, por ende, profundizar el aislamiento de Cuba, la vía de la negociación con Maduro para encontrar una salida a la crisis no puede descartarse. Más allá de estas apuestas e iniciativas concretas, como el apoyo a Duque, en especial en su relación con Venezuela, y el intento de construir una fluida e intensa relación con Bolsonaro (a quien algunos ven como “el Trump tropical”), lo que deja el primer gobierno de Trump es una sucesión de amenazas a países, desplantes a gobiernos y escasa empatía con lo latinoamericano, lo que se traduce en una clara pérdida de ‘poder blando’ estadounidense en toda la región…”, manifiestan Carlos Malamud y Rogelio Núñez, investigadores del centro de estudios internacionales y geoestratégicos, Real Instituto Elcano de Madrid. Este es un ‘Think tank’ (Laboratorio de ideas), creado en 2001 en España, cuyo objetivo, según sus estatutos, es “analizar la política internacional desde una perspectiva española, europea y global, además de servir como foro de diálogo y discusión”.​ Con sede en Madrid, se constituyó bajo la presidencia de honor del Príncipe de Asturias el 27 de diciembre de dicho año, siendo su primer presidente Eduardo Serra Rexach y director Emilio Lamo de Espinosa. El Patronato es el máximo órgano de gobierno, encargado de velar por el cumplimiento de los objetivos del Instituto y ejerce sus funciones en plenario o mediante una Comisión Ejecutiva delegada. Los restantes órganos de gobierno son el Consejo Asesor Empresarial y el Consejo Científico.

Una Administración demócrata en la Casa Blanca introduciría cambios tanto en la forma como en el fondo, así como en el enfoque de la relación hemisférica. En las formas se pasaría del tono bronco y unidireccional de Trump a otro donde prime la búsqueda de consensos como herramienta para transformar el fondo de una relación basada más en el multilateralismo. Un nuevo enfoque que hunde sus raíces en el periodo de Obama, cuando Biden, como vicepresidente, actuaba como una especie de coordinador de las políticas de Washington para Latinoamérica. De todas formas, un triunfo de Biden no supondría para América Latina un papel protagónico en la agenda de su gobierno. Su Administración se centraría de forma prioritaria en la recuperación económica tras la pandemia, fomentar la producción nacional e impulsar el pleno empleo. Las expectativas en un triunfo de Biden deberán considerar que, al menos, en los dos primeros años la reconstrucción interna consumirá la mayoría de los recursos y de la energía disponible. De hecho, su sitio web, muestra que su prioridad es la reconstrucción más que el fomento del comercio mundial y dice que si es elegido se centrará en reconstruir “la producción y la innovación en EE UU”. Los subtítulos de su plan económico giran en torno al “Compre en América”, “Fabrique en América”, “Innove en América”, “Invierta en América” o “Defienda América”. Luego podrán venir ciertos cambios, pero para ello los demócratas deberán abandonar algunos preconceptos sobre América Latina.

Tampoco debería variar en exceso la relación con China. La tensión con China en América Latina se mantendría e incluso incrementaría con los demócratas. De hecho, estos tienen una política más basada en principios (como la defensa de las minorías: los uigures) y menos transaccional que Trump (menos dispuesto a aceptar cualquier cosa a cambio de un acuerdo agrícola para ganar el voto de los agricultores del Medio Oeste). Una victoria de Biden no mejoraría la relación y muchos países latinoamericanos se verían obligados a tener que escoger bando. Pese al cambio de tono y estilo que representa Biden, las fricciones entre EE UU y América Latina no van a desaparecer con su presencia en la Casa Blanca. Históricamente, los demócratas han sido menos propicios al libre comercio, se han mostrado más críticos con las condiciones laborales más allá del Río Bravo –sobre todo en México– y, ahora –con un mayor peso de la izquierda dentro del partido–, hacen especial hincapié en la defensa del medio ambiente y de los Derechos Humanos, ámbitos donde muchos países latinoamericanos arrastran importantes déficit y carencias. Más allá de los cálculos de cada presidente en torno a sus simpatías personales o a las ventajas que podría obtener de una victoria de uno u otro, América Latina se juega mucho en este envite. Para comenzar, a partir de 2021 y coincidiendo con el mandato de la nueva Administración, prácticamente todos los países de la región elegirán presidente, en unos comicios marcados por los efectos de la pandemia y sus secuelas sociales, políticas y económicas. También por el intenso proceso de reconstrucción que seguirá. Llegado el momento, ¿cuánto dedicará la nueva Administración a solucionar sus problemas internos y cuánto estará dispuesto a apoyar a sus tradicionales aliados hemisféricos? Y, a su vez, ¿cuánta energía invertirán los gobiernos latinoamericanos para recomponer una relación en pie de igualdad que resulte vital para sus intereses? Para responder a estas preguntas la identidad del ganador de la elección del 3 de noviembre no es algo trivial.

“Si bien en cierto que existe cierta euforia por el cambio que podría representar la victoria demócrata -recalcan Carlos Malamud y Rogelio Núñez-, sería importante rebajar las expectativas. Como señala Michael Shifter, “básicamente, uno esperaría un gran esfuerzo para revivir el multilateralismo, pero creo que deberíamos tener aspiraciones más modestas para Biden”. A medio plazo, América Latina podría requerir mayor atención por EE UU debido a dos circunstancias: Las consecuencias de la crisis del COVID-19 en la región, que finalmente afectan directamente a EE UU. La idea de que Washington va a poder seguir ignorando a la región será cada vez más remota, especialmente si estallan crisis de gobernabilidad y protestas sociales en los próximos años. América Latina, que ya las vivió a finales de 2019, será un foco de atención creciente al ser más conflictiva, una realidad que tendrá que aceptar gradualmente cualquier Administración. La creciente presencia geopolítica, económica y financiera china en América Latina será un incentivo para que tanto Biden como Trump presten más atención a una región que busca inversiones y apoyo para la reconstrucción post pandemia. Unos recursos que si no son cubiertos por EE UU y los organismos internacionales (FMI, Banco Mundial, BID o CAF) abrirían de par en par la puerta a un incremento sustantivo de la penetración y, por ende, a la influencia de una China cada vez más activa en la región”.

“Allá por los inicios de la década de 1970 fuimos compañeros de estudios en el preuniversitario de La Víbora, aquí en La Habana, y desde hace como 30 años escribe novelas con las historias de esas cosas locas que a mí me pasaban cuando era policía de investigación criminal. Hasta que me harté de eso y las que me pasan desde que me dedico a comprar y vender libros viejos, porque de algo hay que vivir. Ese escritor, por cierto, se llama Leonardo Padura, aunque eso no es tan importante. Esto recuerda un amigo de Padura, de los muchos que hay en Centro Habana, en la calle San Francisco, donde estaba la redacción de la revista de música ‘Tropicana Internacional’, en tiempos de la Perestroika de Mijail Gorbachov que terminó con la desaparición de la Unión Soviética. Después, el denominado ‘Período Especial’ acabó con ‘Tropicana Internacional’. Estuve colaborando durante varios años. Entonces editábamos otras revistas ‘Mar Caribe’, ‘Récord’ y ‘Habanera’, a través de una empresa mixta entre el País Vasco, España, y Cuba. Leonardo Padura traía mensualmente su artículo sobre algún grupo. En sus textos siempre narraba algo de la vida social de la ciudad, lo que le aportaba bastante de ‘chile habanero’ a la publicación. Su director es Néstor Milí, hijo de quien había sido el ‘representante’ de ‘Los Zafiro’, muy famoso en los primeros años de la Revolución protagonizada por el Comandante Fidel Castro. ‘Los Zafiros’ fue un grupo de armonía vocal cubano creado en 1962, inspirado por grupos estadounidenses como ‘The Platters’.​ Este grupo formó parte de lo que se conoció en Cuba como el movimiento de filin o feeling y su música se constituyó a partir de una fusión de ritmos cubanos como el bolero, con doo-wop, baladas, R&B, calypso, Bossa Nova y el rock…

Desde sus comienzos, el grupo gozó de cierta popularidad vendiendo muchos discos y realizando giras por toda Cuba y por el extranjero. En 1964, tuvo una participación importante en un segmento de la producción del film cubano-soviético ‘Soy Cuba’ con su interpretación ‘Amor loco’. También se presentaron en el Festival Varadero en 1970. En aquella época difícil dónde todo lo foráneo representaba para un sector más intransigente una señal anticomunista, limitó grandemente la capacidad de desarrollo del grupo. Dos de sus miembros murieron muy jóvenes. Ignacio murió en 1981 de hemorragia cerebral a la edad de 37 años y Kike en 1982 de cirrosis hepática. ‘El Chino’, afectado por problemas de visión, de habla y alcoholismo vivió solo en Cayo Hueso hasta el día de su muerte el 8 de agosto de 1995 a los 56 años de edad. Hoy solo dos miembros que siguen con vida, Miguel Cancio, que vive en Miami al igual que el primer guitarrista Oscar Aguirre. Los Zafiros ha sido el cuarteto vocal más trascendental, de más calidad e inigualable de la música cubana dentro y fuera del país. Los Zafiros se formaron en el barrio habanero de Cayo Hueso, el 17 de diciembre de 1962. Sus miembros fundadores fueron: Leoncio Morúa ‘Kike’; Miguel Ángel Cancio Soria ‘Miguelito)’; Homero Ignacio Elejalde Sánchez, con un alto registro como tenor más alto que el de Tommy Williams líder de The Platters; Eduardo Elio Hernández Mora ‘El Chino’;) y los guitarristas Oscar Aguirre y Manuel Galbán que además pasó a ser director musical; Sergio Rivero ‘El Haitiano’ quien sustituyó a ‘El Chino’ por un corto periodo de tiempo. Manuel Galbán vivió con su esposa hasta su muerte, el 7 de julio de 2011, en la misma casa que ocupaban en los días de ‘Los Zafiros’. Galbán continuó activo en la escena musical cubana a través de su trabajo con Buena Vista Social Club y como artista de grabaciones para el sello disquero ‘World Circuit’. En 2001, World Circuit realizó una sesión de grabación especial para Galbán y Cancio en EGREM, con Orlando López ‘Cachaíto’, Roberto García y Bernardo García ‘Chori’. Cancio y Galbán grabaron dos de sus antiguas canciones, las cuales juegan un rol estelar en ‘Los Zafiros’ film, ‘Music from the Edge of Time’ y marcan la primera grabación de ambos después de treinta años.​ La canción ‘He Venido’, cantada por ‘Los Zafiros’, formó parte del ‘soundtrack’ de la serie Breaking Bad.

Leonardo Padura escribió, especialmente para el libro ‘La memoria y el olvido’, una columna periodística, ‘Yo quisiera ser Paul Auster’. Paul Benjamin Auster (Newark, Nueva Jersey; 3 de febrero de 1947) es un escritor, guionista y director de cine estadounidense. Sus textos han sido traducidos a más de cuarenta idiomas. Fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 1992 y recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006. Su obra destaca por contener absurdismo, existencialismo, literatura policíaca y la búsqueda de un significado y de una identidad personal. ‘La trilogía de Nueva York’ es una desus obras más importantes: ‘Ciudad de cristal’ (City of Glass, 1985); ‘Fantasmas’ (Ghosts, 1986): y ‘La habitación cerrada’ (The Locked Room, 1986)…

“Hay días en que yo quisiera ser Paul Auster. No es que me importe o me hubiera gustado demasiado haber nacido en Estados Unidos (ni siquiera en Nueva York, que, como se sabe, casi no es Estados Unidos), aunque pienso que sí me hubiera encantado, como Paul Auster, haber pasado unos años en París, justo en esos años de la vida en que para un escritor París puede ser una fiesta: la época en que la ciudad luz, como vulgarmente se le suele llamar, es el mejor lugar del mundo para un aprendiz de novelista. Y eso a pesar de sus cielos grises, su metro sucio, sus camareros agresivos, tópicos sobradamente compensados con sus maravillosos museos, edificios y croissants matinales. Cuando pienso que yo quisiera ser Paul Auster es por razones que ni siquiera tienen que ver con los premios, la fama, el dinero. No niego, sin embargo, que me hubiera gustado (muchísimo, la verdad), haber escrito La trilogía de Nueva York, Brooklyn Follies, Smoke, por ejemplo. Pero yo desearía ser Paul Auster, sobre todo, para que cuando fuese entrevistado, los periodistas me preguntasen lo que los periodistas suelen preguntarles a los escritores como Paul Auster y casi nunca me preguntan a mí -y no por la distancia sideral que me separa de Auster.

El caso es que resulta muy extraño que a alguien como Paul Auster lo interroguen sobre los rumbos posibles de la economía norteamericana, o quieran saber por qué se quedó viviendo en su país durante los años horribles del gobierno de Bush Jr. -o si dejaría su país en caso de que subiera al poder Sarah Palin. Nadie insiste en preguntarle siempre, siempre qué opina de la cárcel de Guantánamo, ni si considera que las medidas económicas de Obama sean sinceras o justas, y muchísimo menos si él mismo o su obra están a favor o en contra del sistema. En una entrevista con el afortunado Paul que acabo de leer ni siquiera le preguntan acerca de temas tan sensibles como la ardua vigilancia a la que han sido sometidos los ciudadanos norteamericanos como ganancia del 11-S, o del control de los individuos por el FBI (casi todo el mundo suele tener allí un expediente, aunque no tan voluminoso como el de Hemingway), por la agencia de seguridad nacional, por el Departamento del Tesoro y por otras entidades controladoras, bancos incluidos, que saben desde el ADN hasta la marca de papel sanitario que usa una persona (según hemos aprendido viendo series como CSI y Without Trace).

Si yo fuera Paul Auster y estuviera a favor o en contra de Obama o de Bush o de Palin, mi posición política apenas sería un elemento anecdótico, como la decisión de seguir viviendo en Brooklyn o de poder largarme a París hasta que me harte de su cielo encapotado. Porque, sobre todo, podría hablar en entrevistas, como esa recién leída, de asuntos amables, agradables, incluso capaces de hacerme parecer inteligente, cosas de las que (creo) sé bastante: de beisbol, por ejemplo, o de cine italiano, de cómo se construye un personaje en una ficción o de dónde saco mis historias y qué me propongo con ellas -estéticamente hablando, incluso socialmente hablando, pero no siempre políticamente hablando… Pero, ya lo saben, no me llamo Paul Auster y mi suerte es diferente. Apenas soy un escritor cubano, mucho menos dotado, que creció, estudió y aprendió a vivir en Cuba (por cierto, sin la menor oportunidad de soñar siquiera con irme una temporada a París, cuando más ganancioso resulta irse a París -entre otras razones porque no hubiera podido irme a París, pues vivía en un país socialista en donde viajar- olvidemos por ahora el dinero) requería y requiere de autorizaciones oficiales. Un cubano que tenía que estudiar en Cuba y, cada año, pasar voluntariamente un par de meses cortando caña o recogiendo tabaco, como le correspondía a un germen de Hombre Nuevo, el cual se suponía yo debía desarrollar. Pero, sobre todo, porque como soy un escritor cubano que decidió, libre y personalmente, y a pesar de todos los pesares, seguir viviendo en Cuba, estoy condenado, a diferencia de Paul Auster, a responder preguntas diferentes a las que suelen hacerle a él, preguntas que en mi caso, por demás, casi siempre son las mismas. O muy parecidas.

Cierto es que un escritor cubano con un mínimo sentido de su papel intelectual y, sobre todo, ciudadano, está obligado a tener algunas ideas sobre la sociedad, la economía, la política de la isla (y, si se atreve, a expresarlas). En Cuba las torres de marfil no existen -casi nunca han existido- y desde hace cincuenta años la política se vive como cotidianidad, como excepcionalidad, como Historia en construcción de la cual no es posible evadirse. Y tras la política marcha la trama económica y social que, como en pocos países, depende de la política que destila de una misma fuente, aun cuando el líquido chorreante pueda salir por las bocas de diferentes leones que, al fin y al cabo, comparten un mismo estómago: el Estado, el gobierno, el partido, todos únicos y entrelazados. Por tal razón, la política, en Cuba, es como el oxígeno: se nos mete dentro sin que tengamos conciencia de que respiramos, y la mayoría de las acciones cotidianas, públicas, incluso las decisiones íntimas y personales, tienen por algún costado el cuño de la política. Hay escritores cubanos que, desde un extremo al otro del diapasón de posibilidades ideológicas, han hecho de la política centro de sus obsesiones, medio de vida, proyección de intereses. La política les ha pasado de la respiración a la sangre y la han convertido en proyección espiritual. Unos acusando al régimen de todos los horrores posibles, otros exaltando las virtudes y bondades extraordinarias del sistema, ellos extraen de la política no solo materia literaria o periodística, sino incluso estilos de vida, estatus económicos más o menos rentables, y especialmente, representatividad. Para ellos -y no los critico por su libre elección ideológica o ciudadana- la denuncia o la defensa política los define a veces incluso más que su obra artística y muchas veces las precede.

No está de más recordar que la compacta realidad politizada hasta los extremos que ha vivido Cuba en las últimas décadas no podía dejar de producir tales reacciones entre sus escritores y artistas. Y tampoco se debe olvidar que la proyección pública e intelectual detentada por muchos creadores ha dependido de esa coyuntura dominada por la política, la cual, parafraseando a Martí (tan político en buena parte de su literatura) les ha funcionado como pedestal, más que como ara. Pero no menos memorable resulta el hecho de que ese escritor, por vivir o provenir de un contexto como el cubano, arrastra consigo (quiéralo o no) la responsabilidad de tener unas opiniones políticas sobre su país (mientras más radicales y maniqueas, mejor), por la simple razón de que no tenerlas sería físicamente imposible e intelectualmente increíble. Solo que, obviamente, para algunos de ellos la política es una responsabilidad, como debería ser; para otros un modo de acercarse al calor y a la luz, y a veces hasta de poder llevar un látigo con el cual marcar las espaldas de los que no piensan como ellos. A diferencia de Paul Auster, el escritor cubano de hoy -es mi caso, y de ahí mi envidia austeriana- empieza a definirse como escritor por el lugar en que resida: dentro o fuera de la isla. Tal ubicación geográfica se considera, de inmediato, indicador de una filiación política cargada de causas y consecuencias, también políticas. Nadie -o casi nadie, para ser justos- lo acepta solo como un escritor, sino como un representante de una opción política. Y sobre tal tema se le suele interrogar, en ocasiones con cierto morbo, y por lo general esperando escuchar las respuestas que confirmen los criterios que el interrogador ya tiene en su mente (todo el mundo tiene una Cuba en la mente): la imagen del paraíso socialista o la estampa del infierno comunista.

La parte más dramática de no poder gozar de los privilegios de hablar sobre literatura de que disfruta alguien como Paul Auster llegan cuando el escritor, por la razón que fuere, decide vivir y escribir en Cuba. Tal opción, por personal que sea, lo ubica de un lado de una frontera muy precisa. Y si por casualidad ese escritor expresa criterios propios, no cercanos e incluso lejanos de los oficialmente promovidos, ocurre una perversa operación: sobre él caen las acusaciones, sospechas o cuando menos recelos de los talibanes de una u otra filiación. (Sobre este tema, como de beisbol, también sé bastante. En mi espalda llevo marcas de varios tipos de látigos). El lado más circense de este drama lo constituye la condición de pitoniso, astrólogo o babalao que se espera tenga un escritor que, por ser cubano y solo para empezar, debe conocer de economía, sociología, religión, agronomía, etc., además, por supuesto, de ser experto en política. Pero, sobre todo, por tal condición de gurú debe tener la capacidad de predecir el futuro y ofrecer datos exactos de cómo será, y fechas precisas de cuándo llegará ese porvenir posible.

Como debe suponer -o quizás hasta saber- quien haya leído los párrafos anteriores, además de no ser Paul Auster, yo soy un escritor cubano que vive en Cuba y, como ciudadano de la isla, en muchas ocasiones atravieso circunstancias similares a las del resto de mis compatriotas, comunes y corrientes (neurocirujanos, cibernéticos, maestros, choferes de guaguas y gentes así), afincados en el país. Respecto a la mayoría de ellos (no lo niego), tengo privilegios que, espero, he tenido la fortuna de haber ganado con mi trabajo: publico en editoriales de varios países, vivo modesta pero suficientemente de mis derechos como escritor, viajo con más libertad que otros cubanos (sobre todo que los neurocirujanos), e incluso, gracias a un premio literario ganado en 1996, pude comprarme el auto que tengo desde 1997 y que tendré hasta sabe Dios cuando en este, mi país de prohibiciones… Tengo además, vamos a ver, una casa que construí comprando y cargando cada ladrillo colocado en ella, una computadora que nadie me regaló e, incluso, acceso a internet (sin habérselo mendigado a nadie). Pero, como muchos de esos cubanos con quienes comparto espacio geográfico, debo “perseguir” ciertos bienes y servicios, buscar un “socio” para llegar más rápido a una solución (incluso sanitaria, tal vez con un amigo neurocirujano), ser “generoso” con algún funcionario para agilizar la realización de un trámite y, algún que otro día, debo cargar un par de cubos de agua extraídos de un pozo que cavó mi bisabuelo, pues el acueducto nos puede haber olvidado por varios días. Entre otras peripecias rocambolescas en las cuales no me imagino envuelto -a juzgar por las entrevistas que suelen hacerle- a un escritor como Paul Auster.

Lo curioso, sin embargo, es que aun cuando muchas veces quisiera transfigurarme en Paul Auster, por el hecho de ser un escritor cubano ese deseo no me compete: la vida de mi país, lo que ocurre en mi país, mis opiniones sobre la sociedad en donde vivo no pueden serme lejanas. La realidad me obliga a lidiar con un tiempo en el cual, como escritor, cargo una responsabilidad ciudadana y una parte de ella es (sin tener por ello que ser adivino, sin tener que alejarme de las gentes entre las que nací y crecí) dejar testimonio, siempre que sea posible, de arbitrariedades o injusticias cuando estas ocurran, y de pérdidas morales que nos agreden, como seguramente también hace Paul Auster cuando los periodistas lo abocan a tales temas: porque es un verdadero escritor y porque también él debe tener una conciencia ciudadana”.

Leonardo Padura no ha hablado de las elecciones del 3-N. Sí lo ha hecho su amigo Paul Auster. En la BBC le preguntaron días atrás: ¿Ve la democracia de EE UU en peligro en este momento? “Sí, absolutamente. Lo que ha hecho la administración republicana de Donald Trump en estos cuatro años es desmantelar de manera muy sistemática el gobierno. Esto nunca había sucedido hasta ahora. Entonces sí, la democracia está amenazada. Trump trata de suprimir la votación. Está cerrando funciones de la oficina de correos cuando más se necesitan para que los votos por correo lleguen tarde y no sean contados. Según Auster, Trump “está desesperado por permanecer en el poder y hará cualquier cosa para lograrlo”. Cuatro años más de esto y creo que no quedaría nada. Absolutamente nada. Y nos volveremos un país autoritario, algo que creo que nadie podría imaginar que sería posible hace apenas cuatro años. Pero vamos hacia eso, muy rápido. Cuando Trump fue electo hace cuatro años, alguien de la televisión británica vino y me preguntó: ¿qué va a pasar ahora? Dije, esto es lo que temo: desde el final de la guerra civil, cuando EEUU se reconstruyó en un país más o menos unificado, los estadounidenses han tendido a creer en la fuerza de sus instituciones. Esto se integró tanto en lo que pensamos que somos, que hemos llegado a creer en estas instituciones como si fueran sólidas como edificios de granito. Pero, ¿qué pasaría si todos estos edificios estuvieran hechos de jabón? Si Trump y su nueva administración ponen sus mangueras en estos edificios, ¿qué va a pasar? Esto va a empezar a derretirse y vas a tener espuma corriendo por las alcantarillas de las calles, por todo el país. Y esto es lo que pasó. Diría que ahora mismo, esos edificios en cuatro años se han reducido aproximadamente a la mitad. Es un logro asombroso destruir tanto, tan rápido. Pero muestra lo rápido que puede suceder”.

@SantiGurtubay

@BestiarioCancun

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