Los conspiranoicos de WhatsApp en tiempos de pandemia

EL BESTIARIO

Las magufadas de antivacunas, reptilianos, etés…, tienen una consigna común: “sé algo que las élites no quieren que sepas”

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Estamos ante la creencia ciega en cualquier teoría lo suficientemente loca como para enarcar, arquear, encorvar, doblar… las cejas de alguien nacido después de Kant. Immanuel Kant (Königsberg, Prusia; 22 de abril de 1724-ibídem, 12 de febrero de 1804) fue un filósofo y científico alemán de la Ilustración. Fue el primero y más importante representante del criticismo y precursor del idealismo alemán. Es considerado como uno de los pensadores más influyentes de la Europa moderna y de la filosofía universal. Kant distingue tres preguntas filosóficas que dedica cada una en sus obras capitales: ¿Qué debo hacer? con la ‘Crítica de la razón práctica’, centrada en la ética y la metafísica de las costumbres con una parte acerca de la doctrina de la virtud y la otra centrada en el ius, la doctrina del derecho​; ¿Qué puedo esperar? en la ‘Crítica del juicio’, donde investiga acerca de la estética y la teleología; y ¿Qué puedo conocer? en la ‘Crítica de la razón pura’, calificada generalmente como un punto de inflexión en la historia de la filosofía, en la que investiga la estructura misma de la razón. Asimismo se propone que la metafísica tradicional se puede reinterpretar a través de la epistemología, ya que podemos encarar problemas metafísicos cuando entendemos y relacionamos la fuente con los límites del conocimiento.

Todos los grupos de WhatsApp, por ejemplo, tienen su magufo. Yo creo que hay una asociación que los adjudica aleatoriamente. Antivacunas, reptilianos, etés… Todo vale. La idea de quedar por encima de los otros con un demoledor “sé algo que las élites no quieren que sepas” es tan antigua como la misma humanidad, supongo. Con la intención de ampliar el espectro epistemológico lo máximo posible, vamos a exponer las diez magufadas más extendidas, para que las conozca todas y pueda escoger esto de esta, esto de la de más allá, como si fuera un bufé libre de delirio y caspa. Empezamos fuerte. Nuestros líderes mundiales no son lo que parecen. Hasta aquí todos de acuerdo, un poco lo suponíamos. Pero hay más. Ni siquiera pertenecen a la raza humana. No. Son reptiles antropomorfos que se disfrazan mediante sofisticadas técnicas para que su piel parezca lisa y suave. O algo parecido, vaya, que uno de los reptilianos supremos es la reina de Inglaterra y tampoco es que tenga el cutis como para protagonizar anuncios. Ustedes pueden reconocerlos de forma muy sencilla. Escamas, pupilas rasgadas, desprecio por la luz del sol y piel fría. La extensión de esta descacharrante teoría se la debemos a David Icke, rubicundo hijo de la Gran Bretaña que primero fue portero de fútbol (malo), luego locutor deportivo (malo) y ahora ejerce como chiflado a tiempo completo (éxito). Existen dos grandes ramas dentro de la hipótesis de los reptilianos. Aquí también hay Frente Popular de Judea y Frente Popular Judaico. Una nos dice que estos bichos tan simpáticos habitan nuestro mundo desde eones, solo que lo hacen escondidos en ciudades subterráneas. La otra representa un crossover épico con los extraterrestres. George Bush, Barack Obama, el músico KrisKristofferson… Todos ellos son reptilianos disfrazados. ¿Su objetivo? Pues el de siempre, esclavizarnos. Reconozcamos que como líder de una invasión verde tiene más tirón Diana que Su Graciosa Majestad…

Están todos ustedes equivocados. Todos. La Tierra no es redonda, no, sino plana. Plana. Como una tabla de planchar. Y hay un montón de gente dispuesta a defender esto. Con fotos, datos incontrovertibles, llamadas al “no seas iluso”. En fin. Si hasta el ministro de Ciencia y Tecnología de España explicó un día, amablemente, que nuestro planeta es (casi) esférico, que él lo había visto, porque estuvo en el espacio, no sé si saben. Y los terraplanistas se le echaron a la yugular con gritos de “mentiroso”, “felón”, “ilustrado”. Estas cosas tú las decías hace un par de siglos y te señalaban por las calles entre risas. Hoy grandes mentes de nuestra era defienden a capa y espada el asunto, con argumentos sacados de Twitter, Tik-Tok y los programas esos de madrugada que nunca ve nadie. La pandemia de 2020 hizo que se pospusiera el proyecto definitivo de los terraplanistas: un crucero para alcanzar el borde del mundo (supongo que es tocar y volver, como cuando estas en la playa y vas paseando al muelle). Ya ven, empirismo puro y duro, método científico. Ojalá puedan hacerlo próximamente. Mi sueño es que haya no uno, sino dos. Dos barcos que saliesen a la vez de Ciudad del Cabo, uno en dirección este y otro en dirección oeste. Buscando el límite. Y que esos simpáticos barquitos choquen (ya es casualidad, pero oigan… mi sueño, mis reglas) en mitad del océano Pacífico, ante la incredulidad de los presentes. Oh, sí. Ah, existe un equipo en España, el Flat Earth Fútbol Club (tercera división madrileña), que defiende estos postulados. En clara muestra de incongruencia juegan con balones esféricos.

Esta magufadaes hasta graciosa. En Escocia hay un lago muy grande, y allí vive un ser con aspecto de dinosaurio, tamaño monstruoso y cierta propensión para aparecer en fotos no muy claras. El tema Nessie (permitan la familiaridad) viene de 1934, cuando R. K. Wilson, cirujano de profesión, tomó la famosa fotografía donde se ve una enorme cabeza asomando de las frías aguas. Uhhh, espanto y terror. No importa que más tarde se confesase el engaño (incluyendo explicación minuciosa sobre cómo habían hecho al supuesto bicho), qué más da. A partir de ese momento aparecieron legajos antiquísimos, auténticas joyas, que databan avistamientos del simpático saurio hasta en el siglo VI. Que cierto santo luchó contra un dragón. Ya ven, incontrovertible. Los más avezados buscadores de lo extraño (adoro esa expresión) se lanzaron a decir que Nessie era, sin duda, un plesiosaurio, porque lo de las etapas geológicas es solo un pequeño problema que saltamos así, hop, con gracejo y sonrisas. Una familia de dinosaurios, en realidad, a estas alturas debían tener consanguinidad como para ocupar varios tronos europeos… Ah, surgieron otros. Monstruos lacustres, digo. Los hay por cientos. Todos con evidencias muy científicas y mucho científicas, como pueden imaginar. Aun así, el recuerdo de Nessie sigue vivo, y nuestros reporteros del misterio, no hace mucho, otra supuesta imagen del bichejo que era, a todas luces, la estela de un barco. El whisky escocés es causa segura de muchos avistamientos.

Esta es una de las más conocidas. Que todo lo del aterrizaje en la Luna es un montaje. Jamás llegamos allí. O llegamos, pero no de la forma en que nos contaron. Eso fue una película filmada hábilmente por Stanley Kubrick, porque si andas en plan deepfake ya contratas al mejor de los mejores. Hay hasta un documental que recoge fotos del rodaje. Armstrong, Aldrin y Collins estaban calentitos en sus camas mientras el mundo miraba esperanzado al cielo. Algo así. Las pruebas son innumerables. Piedras lunares con etiquetas de tramoya, sombras misteriosas, incluso banderas orgullosamente erguidas en lugar de tenuemente lánguidas… Y ¿por qué no dijeron nada los soviéticos?, se preguntará usted, taimado e incrédulo lector. Pues porque tenían mucho que callar… La gracia es que tenemos ramificaciones, por si no nos gusta lo anterior. La Luna es una antigua nave extraterrestre abandonada (que, me dirán ustedes, bien fea les salió la nave, ¿no?). Otra es que no solamente fuimos a la Luna, sino que además encontramos allí restos de una civilización anterior (restos ciclópeos, porque estas cosas o son ciclópeas o no son) y arrasamos el asunto con unos cuantos pepinos atómicos. Algunos magufos cum laude te defienden una versión o la otra dependiendo del día y del número de chupitos de tequila. Ya ven, ellos siempre ganan.

Otra teoría con dos variantes. Ambas tienen un punto en común: nuestro planeta está hueco, completamente hueco. Bueno, a ver, hay una pequeña costrita de rocas (para engañar a los mineros y tal), pero por dentro… nada de nada. O un sol. Sí, sí, un sol. Primera versión: la tierra está vacía y nosotros vivimos en su interior (engañados por los poderes fácticos, quienes reciben royalties por aparecer en todas las conspiraciones). Lo que usted, incauto lector, entiende por cielo resulta parte interna del pellejo terrestre, y el astro rey no es sino nuestro núcleo. Ya ven, ciencia a lo grande. La otra opción es que efectivamente estemos en la superficie, y el interior esté habitado por civilizaciones acojonantes, que han alcanzado un desarrollo técnico y físico tan elevado como para vivir en las alcantarillas. Ah, estas ideas eran muy de nazis.

A ver, la movida madrileña fue jodida. Muy jodida. Desenfreno, pijos, drogas. Todo eso. Entonces yo entiendo que algunos quedaron tocados (tocados… ya saben) y no se les puede juzgar como al resto. Pero la tendencia antivacunas entre sus viejas glorias (y algunas no tan gastadas) solo puede obedecer a un egoísmo sudapollista bastante grave. Que las vacunas han sido uno de los grandes avances en la historia de la humanidad era algo que, hasta hace unos años, nadie te lo discutía. Pero ahora, miren. En sitios del llamado Primer Mundo estamos recuperando enfermedades que pensabas extirpadas solo porque algunos niños tienen padres idiotas. Padres que se creen lo que cuentan en grupos de WhatsApp, foros de internet y memes (en el siglo XXI un meme vale tanto como un paper). El problema es cuando te encuentras titulares tipo “El antiguo virólogo Clodoveo Chifladez afirma que…”, y, claro, luego abres la noticia para contextualizar y la frase es más amplia. “El antiguo virólogo Clodoveo Chifládez, quien juró haber mantenido relaciones de tipo carnal con cuatro sasquatchs, un pájaro dodo y el reparto completo de Los Goonies, afirma que…”. Pero eso está pasado de moda. Lo de ir más allá del titular, digo. Es mejor cargarse a los vecinos por puro esnobismo egoísta.

Cuando estás fatal de lo tuyo te puedes creer cualquier cosa. Hasta que Donald Trump es un enviado de la Divinidad (bueno, esto también lo cree Donald Trump) que lucha contra una conspiración secreta para dar un golpe de Estado, orquestada por villanos como Barack Obama y Hillary Clinton, quienes discuten estos asuntillos mientras violan menores de edad (o realizan rituales sangrientos con ellos, depende de la versión). Los efebos son proporcionados por una red de pedofilia con base en una pizzería. Las anteriores revelaciones, sin duda auténticas exclusivas, las realizó un sujeto que firmaba como ‘Q’ en el foro 4chan (que es donde se hacen este tipo de anuncios trascendentales para la humanidad) y pronto empezaron a repetirse entre la extrema derecha (primero la yanqui, más tarde por todo el mundo, las tonterías se globalizan fácil). Da igual que suene tan delirante como es, o que las pruebas tengan la misma base teórica que un libro de Tristanbraker… cuando uno quiere creer, cree. Y ya, más tarde, igual hasta asalta el Capitolio de Estados Unidos sin camisa y con unos cuernos de bisonte en la cabeza.

A ver, esto es muy amplio. La homeopatía, en sentido “estricto”, es intentar curar a alguien dándole pequeñas cantidades de productos que, a gran escala, serían perniciosos. Ya ven, según ese punto de vista un bofetón chiquituco es mano de santo. Ocurre que, siendo menos precisos (y estas cosas son de ser bastante poco precisos), por homeopatía entendemos toda aquella terapia que tiene sobre el cuerpo humano idéntico efecto que abrazar un madroño. Ninguno. Bueno, raspa. El madroño, digo, la homeopatía normalmente no, porque su creación más perfeccionada es (genios entre los genios) agua con un poquito de azúcar diluido. Vendido a precio de espermaceti, claro, que somos homeópatas pero no gilipollas. A ver, es un decir. Pero nos gusta el dinerillo, vamos. El tema con esto de la homeopatía es que normalmente introduce elementos espirituales a propósito de la salud. Y eso es feo. Moralmente feo. Vamos, que si has tenido la mala suerte de pillar infección en la junta de trócola, por ejemplo, pues resulta poco estético tener a un chiflado encima diciéndote que es por tu culpa, que tienes que ser más positivo, que igual es que abriste los ojos durante tu última ofrenda a Pachamama y, claro, así no hay nada que hacer. O, peor aún, fuiste a ese retiro de fin de semana, paganismo cuquistyle, solo para encamarte con tu vecina la del cuarto, que lo sé yo, que eres muy listo, que siempre estás pensando en lo único. Castigado a beber agua de manantial con azúcar moreno y venir tres veces a terapia de reiki, aquí tienes mi tarjeta y el número de cuenta.

¿Un mono? Pero ¿de verdad? ¿Usted ha visto un mandril? No tiene nada que ver con nosotros. No, no, los hombres (y las mujeres, pero los hombres más) fuimos creados directamente por Yahvé la noche del 23 de octubre del 4004 antes de nuestra era. Después de cenar, vaya, que se trabaja fenomenal con un café. Lo dijo hace unos siglos Ussher (el obispo, no su rarito primo Roderick) y hay un montón de personas que siguen creyéndolo a día de hoy. Pero muchísimas. ¿Evidencias arqueológicas? Filfas. Si tú tienes buena cintura las regateas elegantemente. Hasta das opciones. O dinosaurios y seres humanos coincidimos en el tiempo (como en los Picapiedra) o esos fósiles son trampas que ha puesto ahí Dios para probar nuestro grado de fe. Que debe ser grande, por cierto, para generar semejantes tragaderas. En Estados Unidos el tema está bastante extendido, y hay museos creacionistas, atracciones en cunetas donde se reproduce a escala el arca de Noé y unos cuantos telepredicadores para noctivagos penitentes. Existe hasta versión depurada, que se llama “diseño inteligente”… No se engañen, viene a ser lo mismo, pero con palabras más largas y evitando el término “Jehová”. Eso sí, a raíz de este folclore tan particular apareció una de las teorías más gozosas que haya parido nunca el género humano: el pastafarismo. Gloria eterna al Monstruo Espagueti Volador.

Esta es muy sencilla. Existe la vida extraterrestre. Más aún, nos han visitado a lo largo de la historia y siguen haciéndolo hoy en día. Más aún, con regularidad. Más aún, están infiltrados entre nosotros. Más aún, si usted no los ha visto es porque no presta atención, pazguato, que se lo tengo dicho, que es un crédulo. La gracia es que, a partir de esa sencilla y absoluta convicción, podemos explicar casi cualquier cosa que se nos ocurra. Vamos, que existe una magufada personal para ti, solo tienes que buscarla. Porque los aliens hacen un montón de cosas. Muchísimas. Vamos, que no tienen un rato libre, los aliens. Lo mismo te controlan gobiernos que insertan sondas anales a desafortunados abducidos o se montan unos dibujos de telesketch chulísimos en la campiña inglesa. Tú te recorres unos cuantos miles de años luz, llegas a un mundo nuevo, habitado por seres fascinantes (algunos más que otros, pero fascinantes) y, de la que aparcas tu nave fuera de zona azul, empiezas a sacar sangre de cabras o charlas alegremente con tipos que visten túnica. Lo más lógico, sí. Nazis y extraterrestres, templarios y extraterrestres… Todo vale. Ah, y si usted no sabe que están entre nosotros es porque… en fin, ellos no quieren que lo sepa. Ellos. Ellos. ¿Qué quiénes son ellos? Ay, inocente. Ahora mismo, mientras usted lee esta columna de EL BESTIARIO, sin tener conciencia de todo lo que se cuece alrededor, fuerzas del bien y del mal están librando la que podría ser batalla definitiva. Efectivamente, tal y como seguramente ha deducido, partidarios de Donald Trump han atacado bases reptilianas en la frontera chileno-argentina. Bajo la frontera, mejor dicho, porque son subterráneas. Las bases, digo. Permanezcan atentos a las pantallas de sus smartphones (y a algunos canales televisivos en horario de máxima audiencia) porque nuestro futuro está en juego.

Llamar “pensamiento único” al discurso dominante resulta, más que equívoco, contradictorio, y el hecho de que esta denominación se haya vuelto de uso común es un motivo más para ponerla en cuestión. En puridad, la expresión “pensamiento único” es un pleonasmo: el pensamiento, literalmente entendido como la potencia y el acto de pensar, como la herramienta y la tarea cognoscitiva de los seres racionales, es básicamente único. Por eso, cuando su objeto está bien definido y claramente delimitado, el resultado del pensamiento también es único: solo hay una física, plenamente aceptada por todos los científicos del mundo, por más que los especialistas puedan discutir sobre determinadas cuestiones aún por dilucidar o sobre las implicaciones filosóficas de la mecánica cuántica; y aunque se suele hablar de distintas geometrías en apariencia incompatibles (la euclidiana y las no euclidianas), no son más que ramas divergentes -pero de ningún modo contradictorias, sino complementarias- de un mismo tronco matemático. En terrenos más imprecisos que las disciplinas científicas propiamente dichas, es lógico y deseable que haya distintas escuelas y teorías; pero la forma correcta de razonar sigue siendo una y la misma para todos. Y lo que en la actualidad intentan hacer los poderes establecidos -con la ayuda de posmodernos, “nuevos filósofos” y relativistas culturales- es precisamente romper la unidad -en el doble sentido de unión y unicidad- del pensamiento imponiendo un pensamiento múltiple y disperso; un pensamiento “débil”, en cuanto que fragmentario, puesto que en todas las luchas -y la de la razón contra la barbarie es la madre de todas las batallas- la fuerza deriva de la unión. La verdad es revolucionaria, y como los medios de comunicación alternativos hacen cada vez más difícil la ocultación sistemática –sistémica- de la verdad, el poder, sin renunciar por completo a la oscuridad y el silencio, está optando, cada vez más, por la estrategia complementaria: la del deslumbramiento y el ruido. Si no puedes ocultar la verdad, fragméntala y revuelve sus trozos en el molino/caleidoscopio mediático, e interpreta cada fragmento de una manera, de varias maneras distintas e incluso contradictorias, con lo que, además, darás una imagen de tolerancia y pluralismo. Porque la verdad solo es revolucionaria cuando es toda la verdad y nada más que la verdad; cuando el poder la trocea, la muele, la criba y la adereza para su consumo masivo, el alimento de la mente se convierte en comida basura, como cuando el trigo se convierte en bollería industrial.

Hay que reconocerle al relativismo cultural el mérito de haber impugnado el eurocentrismo que durante siglos ha dominado la cultura occidental. Y las críticas posmodernas al marxismo y otros supuestos discursos totalizadores eran -y siguen siendo- necesarias. Pero los relativistas y los posmodernos, en su compulsivo -y a menudo tendencioso- afán de renovación y limpieza, han tirado al bebé junto con el agua de la bañera; tras lavarle la cara a los proyectos emancipatorios del siglo XIX y principios del XX, los han defenestrado (solo simbólicamente, por suerte) y han proclamado el fin de la historia, que equivale al fin del pensamiento (historia = relato = relación = reflexión; si el relato se vuelve definitivo e inmutable, cesa la reflexión). Mediante una perversa metonimia -el poder es un poeta malo, en ambos sentidos del adjetivo- el discurso dominante confunde la deseable multiplicidad de ideas con un desestructurante pensamiento múltiple para el que todo vale y nada tiene valor. La vieja máxima “divide y vencerás” no solo es aplicable a los ejércitos u otros grupos humanos, sino también a las ideas y los valores, a los sistemas éticos y conceptuales. Fragmenta la realidad, fragmenta el pensamiento mismo, y con sus trozos podrás hacer lo que quieras. Y para esa tarea de deconstrucción del mundo y de la mente, el poder cuenta con la complicidad de legiones de “intelectuales” y “comunicadores” que no solo han encontrado en el pensamiento múltiple una confortable forma de vida, sino también un lenitivo para su mala conciencia y una coartada para su cobardía.

¿Qué pensaríamos de alguien que aceptara las dos premisas de un silogismo y negara su conclusión? Alguien que dijera, por ejemplo: “Todos los hombres son mortales; Sócrates es un hombre; pero Sócrates no es mortal”. Pensaríamos que, una de tres: o está loco, o es un discapacitado mental, o nos está tomando el pelo. Pues bien, cualquier persona decente suscribiría la siguiente premisa mayor: “Para secundar a un dictador sanguinario hay que ser un canalla”, y, sin embargo, muchos no admitirían la inevitable conclusión del silogismo, o no se atreverían a formularla en voz alta, si en la premisa menor figurara el nombre de un rey o de un papa. Y aunque en muchos casos este tipo de cogitus interruptus responda a una estrategia deliberada, cuesta creer que todos los que incurren en tal mutilación del pensamiento sean locos, farsantes o descerebrados. La explicación de este alarmante fenómeno hay que buscarla, al menos en parte, en la imagen fragmentada, discontinua -discreta, en el sentido fisicomatemático del término- que de la realidad nos ofrecen los grandes medios de comunicación. El videoclip y el spot publicitario son los paradigmas de la comunicación moderna (o posmoderna), comprimida y sincopada, veloz y efímera. La información se recibe en ráfagas dispersas e inconexas; los eslóganes y las consignas sustituyen a la reflexión ética y política… En consecuencia, el pensamiento mismo tiende a fragmentarse, a perder unidad y coherencia, y la presión social -cuando no la represión pura y dura- hace el resto: los dos sentidos del término discreción -discontinuidad y prudencia- confluyen y se refuerzan mutuamente, actúan de forma sinérgica como inhibidores de la razón.Los sofistas de ayer tenían que tomarse el trabajo de construir elaborados razonamientos falsos que pudieran pasar por verdaderos; los de hoy lo tienen más fácil: basta con fragmentar los razonamientos verdaderos para construir una gran mentira a base de medias verdades.

Un viejo chascarrillo italiano con el que se solía entretener a los niños decía así: un arriero se detiene a comer en una posada y toma pan, vino y tocino. A la hora de pagar, el posadero le pide una lira por el pan, una lira por el vino y una lira por el tocino. El arriero pone un par de monedas sobre la mesa y se dispone a marcharse. “Aquí solo hay dos liras”, dice el posadero. “Pues claro: una lira por el pan y otra por el vino”, replica el arriero. “¿Y el tocino?”, pregunta el posadero. “Pues eso: una lira por el tocino y otra por el pan”, responde el arriero. “¿Y el vino?”. “Pues eso: una lira por el vino y otra por el tocino”. Y así sucesiva e indefinidamente. El pensamiento, en cuanto que verbal, es una línea que se desarrolla en el tiempo, como el propio lenguaje, como la música; es un camino que recorremos -que hacemos- paso a paso. En cada momento estamos en un tramo del camino, no lo abarcamos todo a la vez. Si el recorrido es tan corto como el del chascarrillo del arriero, solo alguien muy obtuso sería incapaz de verlo en su totalidad; pero cuando el camino silogístico es largo y enrevesado, es fácil despistarse, e incluso no darse cuenta de que la línea argumental se ha cerrado sobre sí misma y estamos andando en círculos. Los políticos no paran de decirnos que su programa es el mejor porque nos traerá mayor bienestar. ¿Y por qué nos traerá mayor bienestar? Porque es el mejor programa político. La publicidad repite sin cesar que para ser felices tenemos que comprar un automóvil potente. ¿Por qué? Porque la felicidad pasa por tener un automóvil potente, como se desprende de los anuncios de automóviles. Fulanita sale en la tele porque es famosa. ¿Y por qué es famosa? Porque sale en la tele… Huelga señalar que la verdadera cuestión de fondo, la pregunta que hemos de hacernos ante la amplísima difusión del pensamiento circular, es: ¿cómo se explica que millones de personas caigan una y otra vez en una trampa tan burda? Y nada más adecuado que buscar la explicación de tamaña absurdidad en el teatro del absurdo: como dice Ionesco en La cantante calva: “Se coge un círculo, se lo acaricia y se convierte en un círculo vicioso”. Haz que tu vida discurra mecánicamente en círculos acariciados por la costumbre, refúgiate en la repetición sistemática –sistémica- de una rutina tranquilizadora, y tu pensamiento se viciará cuanto sea necesario para adaptarse a esa existencia cíclica, cerrada sobre sí misma.

Quienes ingenuamente creyeron que entre Darwin, Marx y Freud lo habían explicado todo se merecían el vapuleo antidogmático y antirreduccionista de los posmodernos. Pero, en su desmedido afán relativizador, los supuestos cazadores de dogmas acabaron mordiéndose la cola y, en última instancia, autodevorándose. Si todo es relativo, también lo es el relativismo, luego no todo es relativo… Una de las más conocidas manifestaciones -o formulaciones- de la Weltanschauung posmoderna es el “pensamiento débil” propugnado por el filósofo italiano Gianni Vattimo. La fórmula es atractiva y despierta inmediatamente nuestras simpatías, nuestra tendencia a ponernos al lado del débil frente al fuerte, al que es fácil identificar con la prepotencia y la agresividad. Pero no hay que confundir la fuerza, que es la capacidad de mover o modificar algo, con el abuso de dicha capacidad. De hecho, el pensamiento más “fuerte” en sentido literal (es decir, el más operativo) del que disponemos es el pensamiento científico, que es a la vez el menos impositivo, el menos dogmático; la ciencia no pretende enunciar verdades absolutas y definitivas, sino solo conclusiones provisionales; nos propone modelos parciales continuamente sometidos a revisión, y en ello reside su enorme fuerza transformadora. Nada que ver con las teorías sociopolíticas o psicológicas que pretenden explicarlo todo a partir de unos cuantos principios generales o en función de una fórmula lapidaria, teorías que los posmodernos y los relativistas culturales han criticado con sobrada razón.

Con razón, pero, en general, sin medida ni autocrítica, cayendo a menudo en el error contrario: como no es posible explicarlo todo, no se puede explicar nada; como el pensamiento no es omnipotente, es impotente; como durante mucho tiempo nos han impuesto formas de pensar rígidas y coercitivas, no hay que aceptar ninguna disciplina mental. La consigna implícita (y a veces explícita: Vattimo lo ha expresado en alguna ocasión con estas mismas palabras) de algunos destacados intelectuales posmodernos es: “Quiero poder pensar una cosa y su contraria”. Y la fórmula, una vez más, es atractiva, sugiere una envidiable situación de libertad mental absoluta. Pero es la misma libertad vacía -la libertad del vacío- que reclama la paloma de Kant al quejarse de que el aire frena su vuelo. Porque, en última instancia, ¿qué significa “pensar una cosa y su contraria”? Si nos referimos a contemplar todas las posibilidades y a emparejar cada tesis con su antítesis, no hemos inventado nada nuevo: es la vieja dialéctica de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, directamente inspirada en el método científico y en la mayéutica socrática. Y si por “pensar una cosa y su contraria” entendemos pensar a la vez que dos más dos son cuatro y que dos más dos no son cuatro, entonces no estamos diciendo nada, la formulación carece de sentido; es literalmente “insignificante”, puesto que no tiene ningún significado operativo, o tan siquiera propositivo. Al igual que los surrealistas (también ellos hijos pródigos de Marx y de Freud), algunos posmodernos pretenden librarse de todas las ataduras, de todas las reglas; pero, al contrario que los surrealistas, no quieren admitir que eso solo es posible en el inaprensible mundo de los sueños, en un paraíso trivial y regresivo en el que el pensamiento confunde la independencia con la incontinencia y, para poder creerse libre de decirlo todo, acaba por no decir nada.

El profesor de Filosofía Pedro Insua, autor de ‘Guerra y Paz en el Quijote’, habla del espejismo que sufre el independentismo al creer que las regiones pobres lastran a las ricas, cuando es al revés… La entrada al grupo parlamentario de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) está llena de carteles pidiendo libertad para los dirigentes políticos catalanes presos y el regreso de los que se encuentran en el extranjero. “La montaña, cuando estás lejos, no parece tan alta”, dice Joan Tardà (Cornellà de Llobregat, Barcelona, 1953). “Cuando llegas al pie de la montaña, levantas la mirada y dices: ‘Hostia, qué bicho más acojonante’. Y eso es lo que ha pasado”. Joan Tardà, hijo de un albañil y de una taquillera de cine en Cornellà, taquillero él mismo a los doce años y trabajador en una fábrica a los catorce, sale de su despacho a por café. Es nieto de Isidor Coma, alcalde de Cornellà en la Segunda República, muerto en el exilio poco antes de que muriese Franco (Tardà, con 22 años, viajó a Toulouse a conocerlo). La mesa de su despacho está decorada con una pequeña estelada que parece sacada de coche diplomático. Destaca en las estanterías un busto de Fidel Castro y el peluche de un gato. “Regalo del amigo invisible que hicimos en Navidad los del grupo parlamentario”, dice al volver. Se sienta en una silla con el café en la mano. El diputado Tardà lleva catorce años en Madrid. Es la representación más longeva en la capital de España del independentismo catalán. De hecho, hay que remontarse a un tiempo, 2004, en el que CiU ni soñaba con la independencia. “Yo fui un entusiasta de José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente del PSOE. Déjeme que le cuente una cosa. En 2003, los independentistas éramos el 12%. Con el 12% la República no nos estaba esperando. Pero Carod, Josep Lluís Carod-Rovira, expresidente de ERC, y JoanPuigcercós lo tenían clarísimo: si la República no nos está esperando, hay que ir con la izquierda española hasta una España federal. Y cuando llegásemos a esa España federal, la izquierda española se bajará, y nosotros seguiremos hasta nuestra estación final, que es la república catalana. Habrá que dedicar dos o tres generaciones. ¡Con un riesgo! ¡Con el riesgo de que cuando hayamos llegado al Estado federal, nuestros nietos a lo mejor dicen: ‘¡Pues estamos bien aquí!’…”, explica el independentista, que lo tiene más que claro.

El catalanismo como movimiento político independentista surge en España en la segunda mitad del siglo XIX, y lo hace en buena medida como reacción segregadora de la población nativa catalana respecto a la población procedente de otras partes de España -murcianos, andaluces, extremeños…- que llegó a Cataluña durante ese período atraída por su prosperidad industrial. Una industria que se desarrolló, precisamente, bajo el marco jurídico político de la legislación española -el famoso proteccionismo arancelario en favor de la industria textil catalana, tan admirablemente estudiado por Jesús Laínz en su último libro ‘El privilegio catalán’-, y que en ningún momento supuso un menoscabo para la población nativa en cuanto que, como catalanes, jamás sus derechos se vieron mermados, socavados o disminuidos (la idea de una de ‘Cataluña oprimida’ es completamente fantástica en este sentido). Al contrario, se produjo más bien un empobrecimiento del resto de la población española -sufrió particularmente la industria gallega del lino, que desapareció en favor del algodón- para que la industria catalana pudiera colocar sus productos en un mercado español protegido por el arancel. Y es que opera aquí una suerte de espejismo -el catalanismo es un espejismo- que se parece al espejismo que sufre la famosa paloma de Immanuel Kant (en el prólogo de la ‘Crítica de la razón pura’) que cree que el aire, por la resistencia que ofrece, es un obstáculo para poder volar, cuando es el medio sin el cual el vuelo para ella sería inviable (metáfora, a su vez, que le sirve a Kant para hablar de las relaciones entre la facultad de la sensibilidad y el entendimiento). De la misma manera que el aire para la paloma, el ámbito nacional español es el medio a través del cual ha prosperado Cataluña como región, viendo el catalanismo en ello, sin embargo, un obstáculo, cuando sin ese medio, sin esa legislación que permitió el proteccionismo arancelario, no hubiera podido Cataluña prosperar como, en efecto, lo ha hecho, a costa del empobrecimiento de otras partes de España.

Las manipulaciones del lenguaje en las democracias no ofrecen un enmascaramiento tan generalizado como en las dictaduras (el franquismo se autodenominaba “democracia orgánica”). El filólogo alemán de origen judío Victor Klemperer ofrece en sus diarios un estudio de referencia de las perversiones lingüísticas impuestas por el Tercer Reich. El marxista italiano Antonio Gramsci desarrolló las relaciones entre el lenguaje y el concepto de hegemonía cultural, un conjunto de percepciones, explicaciones, valores, ideas o creencias que llegan a ser vistas como la norma de la sociedad, transformándose en estándares de validez universal, cuando en realidad son solo de los grupos manipuladores.Las elecciones al Parlamento de Cataluña correspondientes a la formación de su XIII legislatura están convocadas para el domingo 14 de febrero de 2021. Es también para el resto de la humanidad el  Día de San Valentín se celebra todos los 14 de febrero y representa al día de los enamorados. El origen de esta fecha se remonta a la época de los romanos, aunque fue en el siglo XX que se ‘comercializó’ como una tradición milenaria.

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  • scxd
    8 febrero 2021 at 4:07 am -