‘Un fuerte llamado Capitolio’ ante el 20-N

EL BESTIARIO

El demócrata JoeBiden ganó las elecciones de Estados Unidos, pero seguimos en la América del ‘golpista’ Donald Trump. Sus ‘patriotas’ deliran con un nuevo asalto, a pesar de la llegada de 20.000 militares al escenario de la toma de posesión del presidente ‘democrático’, elegido por el pueblo norteamericano, prevista para el miércoles 20 de enero. Es el 20-N…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

¿Qué cambios caben esperar y cuáles serán las prioridades en política exterior de la nueva Administración del demócrata Biden, así como los factores que limitarán una ruptura clara con las políticas del republicano Trump. Pese a que se espera una enmienda a la totalidad de la estrategia exterior de Trump y su giro aislacionista, la realidad es que Biden tiene otras prioridades en el ámbito doméstico y que se enfrentará a limitaciones para hacer cambios profundos en la política exterior de EE UU. Sin duda, habrá cambios en las formas, un mayor enfoque en valores tradicionales y una estrategia mucho más acentuada de cooperación internacional. Sin embargo, no cabe esperar un cambio radical e inmediato en la política exterior de EE UU. El reloj no va a volver atrás. Tras semanas de incertidumbre, y pese a la resistencia del presidente Trump y sus congresistas y senadores por aceptar su derrota electoral, comenzó formalmente el proceso de transición, con el episodio el Día de Reyes, este pasado 6 de enero, con la ‘insurrección’, ‘golpe de estado’, ‘asalto’ al Capitolio, con un balance de cinco muertes -entre ellos dos policías, uno de ellos masacrado con un extintor de incendios- y decenas de heridos.

Los ‘patriotas’ que asaltaron el Capitolio, uno de los iconos de la democracia, se movilizan e intercambian a través de las redes sociales, consignas conspiranoicas y acciones para impedir los actos del 20-N. Desde hace una semana el Capitolio parece un gran cuartel, con cientos de miembros de la Guardia Nacional y Ejército. Donald Trump ha sido enjuiciado -es su segundo ‘impeachment’, algo inédito en la historia norteamericana-. El Congreso apoyó, con los votos de todos los demócratas y una decena de republicanos, apoyó de nuevo la condena contra Trump, quien incitó a sus ‘milicianos’ a tomar el Capitolio. El propio presidente se negó a enviar refuerzos para detener la asonada ‘trumpista’, argumentando que era un episodio patriótico. El ‘impeachment’ debe pasar por el Senado -actualmente de mayoría republicana, aunque tras las elecciones presidenciales de noviembre, este organismo tendrá mayoría demócrata-. Para su aprobación se necesita los votos de las dos terceras partes, algo improbable. Lo que sí pudiera aprobarse es una inhabilitación del acusado para ejercer un nuevo cargo político. Es necesario tan solo la mitad de los votos se los senadores.

JoeBiden ha empezado a anunciar los nombramientos de miembros de su gobierno y acaba de presentar a su equipo de política exterior. Al presentar a sus elegidos, el nuevo presidente electo, ha hecho una declaración de intenciones y ha proclamado que “EE UU ha vuelto y está listo para liderar el mundo, no para retirarse de él. Listo para confrontar a nuestros adversarios, no para rechazar a nuestros aliados y listo para defender nuestros valores” y que “este es un equipo que mantendrá nuestro país seguro y es un equipo que refleja que EE UU ha vuelto”. Los discursos y entrevistas con Biden y sus asesores durante la campaña electoral nos han dado una hoja de ruta que marcará la agenda en política exterior: contrarrestar a China y Rusia; regresar al acuerdo nuclear con Irán; restablecer las relaciones con Europa; y hacer frente a las consecuencias del Brexit en la relación con el Reino Unido. Al mismo tiempo, parece que las prioridades para la nueva Administración Biden en lo que respecta a Europa se centrarán en la lucha contra la pandemia y la crisis; las relaciones con China; impuestos; el cambio climático; la resolución de conflictos comerciales; la regulación de empresas tecnológicas; e Irán. Los analistas resaltan que hay potenciales áreas de encuentro con Europa en las que sería posible mejorar y avanzar en las relaciones con el Viejo Continente en temas como el establecimiento de nuevas reglas comunes sobre comercio, trabajo y estándares ambientales; la creación de una alianza transatlántica en torno a las tecnologías limpias; el establecimiento de estándares comunes para la fiscalidad digital y 5G; la negociación de un nuevo acuerdo de privacidad entre EE UU y la UE; el desarrollo de estrategias comunes para afrontar el capitalismo estatal chino; y el desarrollo de iniciativas para frenar el poder de la grandes empresas tecnológicas y repensar la política de competencia. No será tarea fácil, pero hay puntos de encuentro en todas estas áreas…

La agenda y los retos son ambiciosos y hay mucho interés por ver que va a hacer. Por un lado, lo positivo: es probable que el presidente-electo Biden sea uno de los presidentes estadounidenses más atlantistas en décadas, está orgulloso de su herencia (materna) irlandesa y durante su extensa carrera política ha construido sólidas relaciones personales con líderes de todo el mundo. Se espera que participe activamente en la política global, que deje atrás la doctrina de Trump de “América Primero”, y que regrese al enfoque internacionalista de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. Además, ha insistido en que, a diferencia de Trump, volverá a poner los valores en el centro de la política exterior de EE UU. Se espera también que Biden vuelva a colocar el sistema de alianzas de la posguerra en el centro de las relaciones de EE UU con el resto del mundo. En el ámbito específico de la relación transatlántica con Europa, Biden es un firme partidario de la OTAN y está ansioso por reconstruir las alianzas europeas que Trump ha ignorado y ninguneado, y se alejará de la hostilidad de Trump hacia la UE. Pese a que se opuso al Brexit, ya lo ha aceptado, pero exigirá que cualquier acuerdo final respete los acuerdos fronterizos irlandeses, y es muy probable que un acuerdo de libre comercio con el Reino Unido no vaya a ser tan rápido como Boris Johnson desearía.

¿Es realista esperar una restauración, y que Biden puede revertir el curso de la política exterior de EE UU así como desandar el camino y reparar el daño que ha hecho Trump? Pese a que se esperan muchos cambios positivos hay muchas razones que dificultarán un cambio radical. En primer lugar, es importante recordar que, aunque Biden ha ganado las elecciones presidenciales, habrá límites en lo que puede hacer. Esta ha sido la victoria del presidente-electo Biden, pero todavía vivimos en la América de Trump. Esta elección no ha sido una repudiación de las políticas de Trump como las encuestas pronosticaban. Al contrario, Trump, pese a perder las elecciones, ha obtenido más de 73 millones de votos, es el segundo candidato presidencial más votado en la historia y ha recibido 10 millones de votos más que en 2016. Además, y por si quedaba alguna duda, la polarización continua tras las elecciones: de acuerdo con una encuesta dos semanas después de las elecciones de Economist/YouGov, un 88% de los Republicanos niega que Biden haya sido elegido legítimamente, un 89% piensan que el fraude electoral ha afectado el resultado de la elección y un 43% cree que nuevos recuentos pueden cambiar el resultado de la elección. Unificar al país en este contexto de extrema polarización será una prioridad para Biden, pero será una tarea ardua que le dificultará construir consensos y abordar otros temas.

Es también importante resaltar que Biden se va a encontrar, cuando asuma el cargo, con un país agotado y desgastado, y con poco interés en la política exterior, que llegará al poder en medio de una pandemia y una crisis económica brutal. Por todo ello, su principal prioridad será reconstruir EE UU y hacer frente al devastador impacto de la pandemia y a la crisis económica que afronta el país. Pese a que el desempleo ha caído durante el verano, sigue cerca del 7% y está aumentando en las últimas semanas. El deterioro de la situación sanitaria, con una media de 1.500 muertos diarios (que se prevé aumenten en los meses de invierno), ya está teniendo un impacto fuerte en la economía, agravado por la falta de ayuda del gobierno y con el Congreso y el Senado enfrentados e incapaces de acordar un nuevo paquete de estímulo. El aumento de las restricciones por la mayoría de los estados para hacer frente a la pandemia llevará sin duda a un agravamiento de la situación económica porque miles de personas perderán sus empleos por los cierres de negocios, con el consiguiente impacto en el consumo. Muchos economistas ya anticipan que en ausencia de un nuevo paquete de estímulo es probable que haya una nueva recesión (Moody’s ya ha pronosticado que la economía decrecerá en los dos primeros trimestres del 2021 y que el desempleo subirá al 10%). Este es el contexto económico en el que Biden llegará la presidencia lo que le obligará a enfocarse en los problemas de su propio país.

Si la pandemia y la crisis económica no fueran limitaciones suficientes, Biden tendrá que hacer frente también a un Partido Demócrata muy dividido y que ha perdió apoyo en el Congreso, donde tenía hasta ahora una mayoría de 35 representantes. Pese a renovar su mayoría en la Cámara Baja del Congreso, han perdió siete representantes y han visto su mayoría reducida a 17. Estas pérdidas ya han sacudido al Partido y generado tensiones entre los representantes del sector más progresista y los más conservadores. Mientras que los últimos, liderados por la representante Alexandria Ocasio-Cortez y el Senador Bernie Sanders, señalan a la falta de organización y movilización del electorado como las razones principales de las pérdidas, los moderados acusan a los progresistas y sus propuestas ‘socialistas’ -como la de desfinanciar a la policía o de garantizar un seguro médico público para todos- por las derrotas. Si había algo que unía a estos sectores tan dispares del partido era el odio a Trump y el deseo de sacarlo de la Casa Blanca. Ahora que lo han conseguido, va a ser difícil para Biden mantener al Partido Demócrata unido y desarrollar políticas que satisfagan a los dos bandos. Se habla mucho de las divisiones entre los demócratas y republicanos, y no se considera lo suficiente las divisiones entre los demócratas, que seguro que van a hacer la vida difícil a Biden, que es un representante clásico del sector más moderado y tradicional del partido, y que ya ha empezado a sufrir ataques de los más progresistas por el perfil moderado de la mayoría de los nombramientos para su gabinete. Para los progresistas la prioridad son las políticas domésticas.

También es importante reseñar que la política exterior rara vez se mencionó durante la campaña electoral, lo cual no es una gran sorpresa en un país donde la mayoría de la población no tiene casi interés en lo que pasa en el resto del mundo. De acuerdo con la encuesta de Pew, un 46% de los estadounidenses piensa que “debemos de prestar menos atención a los problemas exteriores y concentrarnos en los problemas en casa”. Biden acaba de anunciar a parte de su equipo compuesto de personas “listas para liderar el mundo”. Entre ellos ha propuesto a Anthony Blinken como secretario de Estado (así como a Linda Thomas-Greenfield como embajadora en la ONU y a Jake Sullivan como consejero de Seguridad Nacional). Pese a las indudables credenciales e impecable trayectoria profesional y la reputación de Blinken, ya dice mucho sobre las prioridades de la Administración Biden que su perfil como tecnócrata sea tan bajo en contraste con el de sus predecesores demócratas, Hillary Clinton y John Kerry. Blinken es un profesional de carrera del Departamento de Estado que ha trabajado durante mucho tiempo para Biden, y ya ha anunciado su intención de “trabajar con nuestros aliados y socios y afirmar nuestros valores”. Con estos nombramientos, que suponen un rechazo a las políticas de Trump, Biden ha priorizado la diversidad y la experiencia sobre la popularidad de los candidatos, y también la moderación (en general son candidatos centristas y moderados dentro del Partido Demócrata) sobre la polarización/ideologización seleccionando a candidatos que no van a inflamar aún más las tensiones partidistas (la mayoría tienen que ser aprobados por el Senado). Estos anuncios también muestran su intención de incluir y dar respuesta a los distintos sectores del Partido Demócrata que apoyaron su candidatura.

Por último, hay que resaltar que Trump está implementando ahora mismo, antes de dejar la presidencia, medidas como las sanciones adicionales a Cuba, Irán y China, que van a dificultar el cambio de curso en la política exterior y van a hacer más difícil cualquier intento de normalizar las relaciones con su vecina Cuba, hacer otro tanto con China o volver al pacto nuclear con Irán, porque Biden no puede ser visto como blando hacia estos países. Al mismo tiempo, debe recordar que vivimos en un mundo que es drásticamente diferente al que tenía hace cuatro años cuando dejó el poder con el presidente Obama: muchas democracias están en retirada, hay nuevas rivalidades y hay vacíos de poder, algunos de los cuales han sido llenados por China. Biden ha nombrado a un equipo de “intervencionistas liberales”, que en muchos casos llevan años trabajando juntos estrechamente (este no es el “equipo de rivales” de Lincoln) y que reconocen que se enfrentan a un mundo marcadamente diferente del que afrontaron en sus años con la Administración Obama (y que han reconocido públicamente los errores de sus políticas en Siria, China y Rusia). En palabras de Biden, aceptan que “necesitan nuevas formas de pensar” y que “no podemos afrontar estos desafíos con pensamientos antiguos y hábitos sin cambios”.

También ha sido claro que no busca una restauración de las políticas exteriores de Obama, que se caracterizaron por la cautela, la reparación de las alianzas después de las rupturas de Bush, por evitar hablar de nuevas Guerras Frías, y que persiguió una estrategia conciliadora hacia China, tratando de integrarla en la economía y el sistema político mundiales con la esperanza de que podrían persuadir a China de que aceptara las reglas internacionales y se volviera más democrática. Esta política claramente no funcionó. En áreas como la respuesta a la pandemia, el cambio climático y las políticas sanitarias, Biden intentará revertir las políticas de Trump. Sin embargo, por todas las razones analizadas anteriormente, en política exterior habrá áreas de continuidad. Por ejemplo, se espera que su gobierno acepte el diagnóstico básico de Trump hacía China, pero que perseguirá una estrategia más eficaz que se centre más en los medios que en los fines. El equipo de Biden comparte con el de Trump la percepción de que China supone la amenaza más grave a EE UU desde la Unión Soviética y que hay que mantener la mano dura, pero critican que en vez de tratar de construir alianzas con otros países que también observan con gran temor el crecimiento de China, los han alienado y en muchos casos (como el recientemente formado acuerdo comercial en Asia), los han llevado a los brazos de los chinos, que han adoptado estrategias punitivas y agresivas para forzar a otros países a aceptar sus reglas del juego. En el acto de presentación de su equipo, Biden comento que “en las llamadas que he tenido con dirigentes mundiales desde que gané la elección, me he quedado sorprendido por cuánto esperan que EE UU recupere el histórico papel de líder del mundo”. Tal y como he comentado anteriormente esta es la gran paradoja: el mundo, después de décadas de críticas, ahora demanda el liderazgo estadounidense, y la pax americana no parece tan mala después de todo. Trump ha dejado a su sucesor un mundo que será más receptivo al liderazgo estadounidense.

Debemos ser muy cautelosos y entender que Biden va a tener limitaciones muy importantes y que, aunque haya un cambio de estilo y de tono (en palabras de Biden, más “humildad y confianza” para depender de sus aliados), un mayor enfoque en valores tradicionales y una estrategia mucho más acentuada de cooperación internacional, no cabe esperar un cambio radical e inmediato en la política exterior de EE UU. Desafortunadamente, éste es un país cada vez más volcado hacia dentro y más reacio a las aventuras exteriores y esto va a condicionar mucho la política exterior de Biden. El apoyo a Trump, que no va a desaparecer de la escena política pues ya ha amenazado con presentarse de nuevo en 2024, y a sus políticas por una parte muy importante del electorado refleja esa realidad y hará muy difícil abandonar completamente el mantra del AmericaFirst. Trump no ha sido la causa del giro nacionalista en EE UU, sino que ha acelerado y acentuado tendencias que ya estaban presentes en el país y que van a continuar con Biden. Pese a la retórica, Trump ha representado en muchos aspectos la continuidad en la política exterior de EE UU. Las principales diferencias han sido sobre todo de estilo, no tanto de sustancia. Si bien el mundo piensa que tiene un problema con Trump, en realidad tiene un problema estadounidense. La pax americana terminó en Irak y Afganistán, y su erosión fue acelerada por la gran recesión y el rápido surgimiento de China. Trump simplemente ha acelerado la retirada. El país ha estado girando hacia adentro durante dos décadas, y “América Primero” y la priorización de sus intereses nacionales será la nueva normalidad. El reloj no va a volver atrás. Por todo ello, es importante que seamos realistas y que en vez de pensar en una vuelta idealizada al pasado de las relaciones transatlánticas que no va a volver, en Europa no deben dejar a otros las tareas pendientes y tomar la iniciativa.

‘Un fuerte llamado capitolio, hacia una nueva Casa Blanca’ es el titular de una crónica enviada por el corresponsal del periódico La Vanguardia, editado en Cataluña, España, Francesc Peirón. No es para menos. Unos 20.000 militares se despliegan en Washington y guarnecen la ciudadela del Congreso por el creciente temor a un nuevo asalto de los ‘patriotas’ del derrotado Donald Trump que no quiere irse de la Casa Blanca. La nueva ‘insurrección’ pudiera tener escenarios en otras ciudades del país, además de Whashington, donde JoeBiden tomará posesión de su cargo este próximo miércoles, 20 de enero del 2021, el 20-E. La vecina entra al ascensor -tras pedir permiso, que es época de pandemia- y su mirada se clava en la portada del The New York Times. “No, no”, responde cuando el que lleva el diario le señala el gran titular -Impeached-, como la causa de su asombro. Otra vez el presidente de Estados Unidos imputado. “La foto”, replica ella. En ese “fotón”, según la jerga periodística, se observa a unos militares ocupando el interior del santuario de la democracia estadounidense. Visten traje de faena. Descansan, junto a sus fusiles de asalto, al pie del pedestal con un busto de George Washington. “Eso no es Bagdad, eso es el Capitolio de nuestra nación”, se lamenta la vecina con expresión de “hasta aquí hemos llegado”. La famosa excepción americana cayó a pedazos con la trágica insurrección del 6 de enero instigada por el presidente Trump. Muchos sienten vergüenza.

El despliegue uniformado lo describió el legislador demócrata y exmarineSethMoulton. “Hay hoy más soldados patrullando el Capitolio de los que se encuentran en Afganistán”, afirmó en su intervención en la Cámara de Representantes. “Esto es algo fuera de lugar”, señaló otra demócrata, Elaine Luria, que sirvió durante veinte años en la Armada. En The New Yorker ,SusanGlasser sostuvo que, a partir de las mentiras de Trump, EE UU es “ahora un país que ha construido un muro alrededor del Capitolio para defender el Congreso, no de una amenaza extranjera, sino de los compatriotas americanos”. Donald Trump, inmobiliario por herencia, ejerce de constructor de muros y de abismos. David Frum, comentarista político y excolaborador de la Administración Bush, tuiteó: “Buenos días desde la ciudad fortificada y guarnecida con 20.000 soldados para protegerla del ataque terrorista de los partidarios de Trump”. En 20.000 se fija la cifra total de militares que se desplegarán el próximo miércoles, día en el que JoeBiden tomará posesión del gobierno. Se entiende la dimensión si se compara con los 8.000 que hubo hace cuatro años. Ese número de los 20.000 contiene un mensaje. Hay miedo a otra protesta salvaje, a una secuela. Así lo avisó el FBI. Y no afecta solo en la capital federal. Chris Wray, director de la agencia policial, y Kenneth Cucinelli, subsecretario interino del Departamento de Seguridad Nacional, alertaron a las policías del país para que estén con la guardia alta ante posibles ataques a capitolios estatales, edificios federales, hogares de congresistas y negocios.

En un informe del Centro Nacional de Contraterrorismo se indica que el “éxito” del asedio a la ciudadela del Congreso podría ser un factor importante de llamada a la violencia para “milicias armadas y racistas radicales que han puesto el punto de mira en el acto de inauguración” de Biden. El documento asegura que esos extremistas pretenderían “realizar ataques para desestabilizar y crear un clima de conflicto”. La investigación de aquellos sucesos está dejando un reguero de detenciones. Este jueves se informó del arresto de Kevin Seefried. Era uno de los más buscados. Seefried, detenido junto a su hijo, fue el que paseó la bandera confederada por un edificio al que esa enseña no logró acceder durante la guerra civil. El detenido colocó luego el estandarte en el jardín de su casa de Delaware. A los agentes les reconoció que participó en el asalto y que su hijo le abrió paso a través de los cristales de una ventana destrozada. La brecha del 6 de enero dejó cinco muertos, pero se rozó una tragedia enorme. Según las pesquisas del FBI, esa jornada visitaron la capital decenas de personas que figuran en una lista de terroristas, avanzó The Washington Post . Una vez roto el cordón policial, los asaltantes estuvieron muy cerca de dar caza a los políticos. La representante Alexandria Ocasio-Cortez, una de las marcadas por Trump y sus hooligans, es una de las que han confesado haber sentido “miedo de morir”.

Los demócratas han pedido que se indague la posible coordinación entre los organizadores de la protesta y tres legisladores republicanos (Paul Gosar, Andy Biggs y Mo Brooks) y las visitas de “reconocimiento” que algunos de los insurrectos realizaron la víspera de perpetrar el ataque. Además del despliegue militar y policial, la preocupación se evidencia cuando todo apunta a que el NationalMall, lugar donde históricamente la gente se congrega para seguir la toma de posesión, estará cerrado al público. Una medida extraordinaria frente a la ignominia. Es el legado de Donald Trump: hacer del Capitolio un fuerte contra sus ciudadanos.

La victoria de JoeBiden en las elecciones de EE UU no sólo ha definido el rumbo del país en el próximo cuatrienio -desechando la continuidad y optando por el cambio-, sino que la nueva Administración influirá en el fondo y, sobre todo, en las formas y el enfoque de la relación con América Latina. América Latina no votó en las elecciones de EE UU, pero su futuro económico-comercial, social y geopolítico se ha vuelto a poner en juego el pasado 3 de noviembre y se verá influido por el rumbo que tome el gobierno de JoeBiden a partir de enero. El relevo en la Casa Blanca no colocará inmediatamente a la región como un tema central de la agenda de la nueva Administración, pero sí cambiará el fondo y las formas de la relación. El voto hispano (o latino), muy cortejado por los dos candidatos, ha sido determinante en estados clave como Florida, Texas, Nevada y Arizona. No sólo ha vuelto a demostrar que es un segmento heterogéneo, que vota de forma diferente y cada vez es más decisivo sino que el tema migratorio ocupará un lugar importante en la gestión del nuevo ejecutivo.

Hace tiempo que América Latina dejó de ser medular en la agenda internacional de EEUU. El triunfo de JoeBiden no va a cambiar su posición periférica. El sitio web del binomio presidencial Biden-Harris (Build back better -reconstruir mejor-) señala que las cuatro prioridades de su gobierno serán el COVID-19, la recuperación económica, la equidad racial y el cambio climático. A esto se añade la gestión de la tensión geopolítica con China. Entre esas prioridades no está América Latina, aunque durante la campaña encontraron eco temas latinoamericanos, como la elección del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la crisis venezolana, las sanciones contra Cuba, Venezuela y Nicaragua y los equilibrios regionales. Todas estas cuestiones, junto a cómo se articule la relación con las dos potencias regionales (Brasil y México) o se desarrolle el vínculo con Colombia han estado y seguirán en juego y, en gran parte, han sido afectadas por el resultado y la personalidad del ganador.

El escenario de una América Latina en la periferia de la agenda estadounidense no va a cambiar sustancialmente con Biden. La región tampoco recuperará la centralidad en la agenda de una Administración Demócrata, aunque sí cambiará el tono y, en una parte sustancial, el fondo de la relación. Cynthia Arnson, ha señalado que con Biden habrá un “cambio drástico de tono y enfoque”, al acabarse las amenazas y el acoso contra ciertos países. Biden aspira a recuperar el “poder blando”, reconstruyendo el papel mundial de EE UU como líder político e incluso “moral”. Pretende encabezar respuestas multilaterales y articular soluciones colectivas a problemas comunes. El mismo día que EE UU abandonaba el Acuerdo de París, Biden anunció que su primera decisión como presidente será regresar al mismo. Igualmente volverá a la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El cambio de estrategia implica abandonar el actual tono bronco y áspero, repleto de amenazas y basado en el “palo y la zanahoria”, para pasar a una relación más “amable”, de gestos y complicidades. El vínculo entre Biden y la región es más estrecho y ha gozado de continuidad desde antes que fuera vicepresidente. Incluso desde sus tiempos como senador, cuando estuvo implicado en la puesta en marcha del Plan Colombia. Durante su gestión con Obama viajó casi 20 veces a América Latina. En julio de 2019, en El Nuevo Herald, expuso los pilares de su proyecto hemisférico: unas “políticas regionales basadas en el respeto” y alejadas de las estrategias del actual gobierno. “La política de Trump en América Latina es, en el mejor de los casos, una vuelta atrás a la Guerra Fría y, en el peor de los casos, un desastre ineficaz”. Sin embargo, en los dos primeros años, la atención del nuevo presidente estará centrada en la reconstrucción post pandemia, afectando de un modo importante la relación con América Latina.

En 2021 se celebrará en EE UU la VIII Cumbre de las Américas. Será la ocasión ideal para medir en su totalidad la dirección y la estrategia de la política latinoamericana de la nueva Administración. Para entonces ya deberíamos conocer al responsable de Asuntos Hemisféricos del departamento de Estado y a su homólogo en el Consejo de Seguridad, lo que nos daría más claves. Para muchos gobiernos latinoamericanos, no todos, EE UU puede ser un eficaz contrapeso frente al expansionismo chino. Las nuevas promesas en torno a “la ruta y la franja” y los conflictos relacionados con la aplicación del 5G serán solo el aperitivo de un período complicado y con posturas encontradas. Para colmo, frente al nuevo mandato y al pulso chino-estadounidense América Latina estará fragmentada y con sus instituciones de integración regional en una profunda crisis. El futuro de dos organismos hemisféricos con participación de EE UU será escrutado con detalle. Por un lado, la OEA y su reelecto secretario general, Luis Almagro, que acabó siendo muy valorado por la Administración Trump. Por el otro, el BID y su recién elegido presidente Mauricio Claver-Carone. ¿Cuál será la actitud en estas dos instituciones? ¿Les dará un perfil más independiente después del giro trumpista de los últimos años? ¿Se pondrán al servicio de un programa coherente de reconstrucción post COVID-19 impulsado por EE UU?

Con Biden, México continuará siendo prioritario para EE UU. La buena relación de López Obrador con Trump, como se vio en su visita a Washington en julio pasado, debería mejorar, al desaparecer las amenazas y los gestos de desdén, que no tienen cabida en una figura más empática y diplomática. La construcción del muro dejará de ser central para Biden, quien aspira a ejercer el control limítrofe y “asegurar” la frontera “de una manera humana y con un conjunto racional de reglas para los aspirantes a inmigrantes, invirtiendo en tecnología inteligente en nuestros puertos de entrada y agilizar el sistema de acogida contratando más jueces de inmigración y oficiales de asilo”. Su programa pretende que los que buscan refugio sean “tratados con dignidad y obtengan la audiencia justa que legalmente tienen derecho a recibir”. Biden, que respaldó el T-MEC, deberá enfrentar la presión de sindicatos y empresas que denuncian las violaciones de los derechos laborales en México y a los grupos demócratas menos favorables al libre comercio, que priorizan la agenda verde y las medidas ambientalistas que México incumple. López Obrador, que ha mantenido una relación muy fluida con Trump, basada en el mutuo interés, tratará de seguir cultivándola con Biden. Pero donde se cierra una puerta (migraciones) se abre una ventana para nuevos conflictos bilaterales (energía), con dos nubes en el horizonte… Llama la atención entre analistas políticos el apoyo de Andrés Manuel López Obrador a Donald Trump al serle anuladas las cuentas que mantenía en Twitter y Facebook, desde donde enviaba sus mensajes incendiarios que provocaron la ‘insurrección’ del 6-N, algo inédito en la historia de los Estados Unidos. Los ‘golpes de estado’ formaban parte del historial de las repúblicas bananeras. Vea el film de Woody Allen, ‘Bananas’, rodado en 1971.

El choque por la nueva matriz energética. Biden apostará por las energías renovables, mientras López Obrador y Trump lo han hecho por los combustibles fósiles. El giro Demócrata a una nueva matriz energética arrastrará a México. El primer paso de Biden será forzar el cumplimiento del Acuerdo de París. El segundo, ejecutar el TMEC que señala que el gobierno mexicano no puede consolidar el monopolio de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y de Pemex. Como apunta Jorge Fernández Menéndez, “imaginar a un gobierno de Biden con una agenda verde, ecológica y apostando por las energías renovables (algo que ya ha hecho Canadá) conviviendo con un socio comercial y fronterizo que apuesta por el carbón y el combustóleo, que ignora los acuerdos de París y quiere cancelar los proyectos de energía renovable y gas, muchos de ellos conectados a inversiones estadunidenses, es ilusorio. La actual política energética de México chocará de frente con la de EE UU”. La apuesta proteccionista de López Obrador. Tras las elecciones legislativas de medio término en 2021, es probable que López Obrador trate de acelerar el cambio institucional (su IV Transformación o 4T), con un proyecto más intervencionista en materias sensibles como el sector energético, donde las empresas estadounidenses tienen importantes intereses. Estas medidas provocarán tensiones. Las empresas energéticas de EE UU están acusando a López Obrador de “violar los compromisos” bilaterales y 40 legisladores estadounidenses han denunciado la estrategia mexicana de limitar la participación privada en el sector, y socavar el espíritu del tratado entre EE UU, México y Canadá, (el T-Mec) si es cierto que López Obrador está pidiendo a los reguladores no otorgar permisos de operación a empresas energéticas privadas para favorecer a las paraestatales.

En los pasados comicios ha quedado patente el papel decisivo del voto latino, lo cual adelanta el lugar preponderante que para el nuevo gobierno tendrán las reivindicaciones y aspiraciones de la comunidad hispana. Trump y Biden dedicaron una parte importante de la campaña electoral a cortejar a los hispanos, primera minoría étnica del país. Uno de los ámbitos de lucha fue Florida, con votantes con raíces en Cuba, Venezuela, Puerto Rico y República Dominicana. El voto latino representa un 20%, con un tercio de cubano-americanos. Trump centró su mensaje en señalar que Biden encarna el “peligro socialista”, un mensaje dirigido a una comunidad (exilio venezolano y cubano) muy sensibilizada. En sus mítines y vídeos de campaña ha comparado a Biden con figuras de la izquierda latinoamericana, como Fidel Castro, Chávez y Maduro…

Si Trump con su mensaje antisocialista buscó el voto cubano y venezolano, Biden tendió puentes con puertorriqueños y centroamericanos, centrándose en temas sociales. Criticó a Trump por su deficiente gestión del Huracán María en 2017 y ofreció convertir a Puerto Rico en un nuevo estado de la Unión, con un plan para reactivar su economía. Desde el primer momento fue evidente que la estrategia demócrata no buscaba disputar Florida. La apuesta fue por otros lados, como el “cinturón de óxido” (rustbelt) y Arizona, conquistada por los demócratas por primera vez en 24 años. Biden sólo gastó 57,8 millones de dólares en propaganda en Texas y Arizona, mientras invirtió casi el triple (169 millones) en Michigan, Pensilvania y Wisconsin. Sabiendo que no podía atraer mayoritariamente el “voto cubano” de Florida -estado que conquistó Trump-, buscó el “voto mexicano y centroamericano” con fuerte presencia en otras zonas (Arizona y Texas) e históricamente más propicio a los demócratas. Por eso mandó guiños simbólicos a Centroamérica (al recordar la fecha de su independencia). Asimismo, ofreció reanudar la asistencia económica y apoyar a los emigrantes. Incluso trató de atraer el voto venezolano (antichavista y más cercano a Trump), ofreciendo concederles de inmediato un estatus de protección temporal. Desde la perspectiva migratoria, México y América Central, especialmente los países del Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador y Honduras), se ha convertido en un área clave.

La apuesta de Biden para que sus políticas “reflejen una vez más [los] valores estadounidenses”, debería verse claramente en la inmigración ilegal, empezando por su ruptura con los pilares de la política anti-inmigratoria de Trump. Así, respalda la continuidad del programa Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA en inglés). Ha sido más sensible a la situación de América Central (cuando era vicepresidente propuso un “Plan Marshall” para la región) y busca cambiar el “palo y la zanahoria” trumpista por nuevos programas específicos, sobre todo en El Salvador, Guatemala y Honduras, para crear “oportunidades futuras para su propia gente”. Destinaría 750 millones de dólares para apoyar reformas.

Todo apunta a que Biden va a por poner en marcha un amplio y ambicioso paquete de medidas referidas al tema migratorio, que perseguirán revocar las iniciativas de Trump y encontrar una salida viable y de largo plazo al problema. Podrá avanzar más rápido en aquello que pueda implementarse vía decretos (no transfiriendo fondos de Defensa para la construcción del muro). Su propuesta también buscará regularizar la situación de los dreamers, restaurando el programa DACA, que ampara de la deportación a más de 650.000 personas llegadas cuando eran menores de edad. Sin embargo, tendrá mayores dificultades en poner en marcha una reforma integral del sistema migratorio. Para esto necesita del Congreso. Y habrá que ver cómo queda conformado el Senado, aunque los demócratas han alcanzado la mayoría también… Biden ha prometido una reforma migratoria y que los 11 millones de inmigrantes irregulares consigan la ciudadanía. En un debate presidencial, aseguró que presentará la medida al Congreso en los primeros 100 días de su gobierno. También dijo que convertirá este tema en prioritario, e incluyó a Cecilia Muñoz -asesora de Obama en temas migratorios- en su equipo de transición.

Más allá de México y América Central, Venezuela es el principal dolor de cabeza de EE UU desde hace tiempo. La estrategia de Biden frente al régimen de Maduro y sus aliados (Cuba y Nicaragua) podría presentar contornos más amigables, pero en los hechos buscará mantener alta la presión, si bien con herramientas diplomáticas distintas a los excesos verbales propios de Trump. La Administración Demócrata será firme y dura con estos gobiernos, buscando su democratización. Biden, como Trump, aspira a presenciar el final del régimen chavista, pero por otras vías. Por eso, podría sentirse más cómodo con el pragmatismo de estrategias como la de Capriles, que con la disruptiva “estrategia Guaidó”, como forma de destrabar la crisis venezolana. Biden impugna frontalmente la política venezolana de Trump. Su llegada a la Casa Blanca implicará un nuevo enfoque. Ha ofrecido a los inmigrantes venezolanos el Estatus de Protección Temporal (TPS) y se ha comprometido a cambiar unas políticas que considera “dañinas” y “un fracaso abyecto”, porque han fortalecido a Maduro. La incógnita es cómo utilizar las sanciones: si como elemento de negociación con el régimen o como palanca para hacerlo caer, tratando de intensificarlas y extenderlas. La posición de Biden sobre Venezuela no girará 180º: ni reconocerá la legitimidad de Maduro ni levantará las sanciones. Cambiará el tono. Dejarán de lanzarse desde la Casa Blanca y la Secretaría de Estado amenazas de intervención militar y se explorarán otras alternativas en lo que se antoja una larga negociación, donde no cabe esperar ni un comienzo inmediato ni frutos rápidos. Como señala Luis Vicente León, Biden “finalizará con la fallida estrategia concentrada en sanciones, aislamiento y discursos provocadores para abrir más oportunidades para presionar desde una negociación inteligente capaz de generar reales oportunidades de cambio”.

La relación con Cuba es una de las grandes incógnitas de la nueva Administración. ¿Intentará recuperar la política de Obama, o la actitud de Díaz-Canel, tanto en derechos humanos como con Venezuela lo hará más cauto? Biden considera que el gobierno saliente “no ha hecho nada para promover la democracia y los derechos humanos; por el contrario, la represión contra los cubanos por parte del régimen ha empeorado”, y ha propuesto revertir la limitación de las remesas a las familias cubanas: “Mi plan es seguir una política que promueva los intereses y empodere al pueblo cubano para que determine libremente su propio resultado, su propio futuro”. Por eso, su política abrirá la mano en todo lo que beneficie al pueblo cubano, como las remesas o el turismo, pero no al gobierno castrista. En ningún caso habrá borrón y cuenta nueva para regresar cuatro años atrás. Biden ha mostrado en varias ocasiones sentirse decepcionado con el rumbo seguido por el régimen tras la apertura de Obama en 2016: no sólo no ha avanzado en la liberalización política sino que sigue sin respetar los Derechos Humanos.

Lo más probable es que el nuevo gobierno dé marcha atrás con muchos obstáculos puestos por Trump (más de 130 medidas), que impiden desarrollar la iniciativa privada. Así, cabe esperar la reapertura del consulado o el restablecimiento de los vuelos directos para propiciar los viajes turísticos de estadounidenses e incluso la desactivación de parte de la ley Helms-Burton en lo referido a desincentivar la inversión extranjera. Si bien es posible que se reactiven los grupos de trabajo en diversos ámbitos de cooperación mutua (seguridad, migración, narcotráfico, etc.), es menos probable que se retomen iniciativas de mayor calado que contemplen una fuerte relajación del embargo, como la Directiva Política Presidencial para la Normalización EE UU-Cuba. La medida fue ratificada en 2016 por Obama y en ella Biden tuvo un papel relevante, aunque jamás se puso en marcha.

El narcotráfico estuvo prácticamente ausente durante la campaña, aunque reapareció en el tramo final, con Trump como adalid de la mano dura frente a los cárteles y el crimen organizado, presentando a Biden como blando. Poco espacio quedó para debates serios y técnicos sobre las drogas. Todo indica que, más allá de las descalificaciones propias de la campaña, no se alterará sustancialmente la política antinarcóticos que, con escasas variaciones, se remonta a la época de Nixon. En 2016, cuando Biden se vio con el ex presidente de Argentina, Mauricio Macri, en Davos, una de las promesas que hizo fue intensificar la colaboración entre ambos gobiernos contra el narcotráfico. Todo apunta a que la relación estratégica y de consenso bipartidista con Colombia continuará con la nueva Administración. Iván Duque ha recordado que Biden, cuando fue senador, fue uno de los arquitectos del Plan Colombia (EE UU destinó 10.000 millones de dólares para seguridad y lucha contra el narcotráfico). Por eso, apuesta a que la “relación bipartidista, bicameral e histórica se mantenga firme y sólida por el interés de Colombia y estoy seguro de que con el presidente Biden así será”. Como recuerda el ex presidente Andrés Pastrana, Biden percibió que el Plan Colombia era la única salida frente a una guerrilla y un paramilitarismo penetrados por el narcotráfico. Así lo planteó en su informe al Senado tras visitar Colombia a finales de los 90: “La crisis de seguridad en el sur de Colombia amerita un aumento de la ayuda norteamericana. La guerrilla tiene una fuerte presencia en el sur de Colombia y tiene un rol significativo protegiendo las operaciones de narcotráfico. De manera similar, las organizaciones paramilitares operan en otras regiones de Colombia”.

La reacción ante la victoria de Biden ha simbolizado los problemas que para algunos presidentes (López Obrador, Bolsonaro y Bukele) representa el cambio, el pragmatismo y capacidad de adaptación de otros (Duque y Piñera), los nuevos escenarios que podrían abrirse (Maduro y Díaz-Canel) o el forzado alineamiento ante los nuevos aires que soplan en Washington (Alberto Fernández). La primera reacción fue de prudencia ante la incertidumbre del resultado, para dar paso, cuando se confirmó la victoria de Biden, a una generalizada felicitación con llamativas excepciones. La prudencia fue la norma de los presidentes latinoamericanos ante la incertidumbre del recuento. López Obrador pidió esperar al final del escrutinio para pronunciarse: “Es una elección cerrada, no podemos nosotros dar ninguna opinión… sólo desear que las cosas en EE UU sigan transcurriendo como está sucediendo ahora, llevándose a cabo el conteo de votos”. Bolsonaro, habitualmente ajeno a expresiones diplomáticas y políticamente correctas, fue más comedido que en otras ocasiones sin dejar de mostrar su predilección: “Tengo una buena relación política con Trump y espero que sea reelegido”. Tras confirmarse la victoria en Pensilvania, todos los mandatarios, de izquierda a derecha, felicitaron al ganador. Así lo hicieron tanto Duque, próximo a Trump, como Fernández, en las antípodas ideológicas. La tónica general no fue la desmedida euforia argentina sino la expresada por Lacalle Pou o por Piñera, quien ofreció una agenda de colaboración: “Compartimos valores como la libertad y la defensa de los derechos humanos”.

Los gobiernos cubano, venezolano y nicaragüense han tendido puentes desde la extrema prudencia. Así lo ha hecho Díaz-Canel: “El pueblo de EE UU ha optado por un nuevo rumbo. Creemos en la posibilidad de una relación bilateral constructiva y respetuosa de las diferencias”. Maduro tuiteó que estará “siempre dispuesto al diálogo”. Ortega defendió su no injerencia en los asuntos de EE UU como una forma de prevenir que le pueda ocurrir algo parecido. El sandinismo afronta en 2021 unas elecciones presidenciales en medio de una espiral de medidas autoritarias y de acoso a los opositores. Y no cabe duda que la llegada de Biden no es una buena noticia para el orteguismo. La Administración demócrata no dará marcha atrás sino que sostendrá las leyes bipartidistas (Ley Global Magnitsky y la Ley Nica Act) y las sanciones económicas. En ese mar de reconocimientos hubo dos excepciones. López Obrador legitimó su postura de no felicitar a Biden rememorando las elecciones mexicanas de 2006, cuando el ex presidente del gobierno español Rodríguez Zapatero reconoció a Felipe Calderón pese a que el actual mandatario mexicano -candidato entonces- ya había iniciado una campaña denunciando un supuesto fraude. Para López Obrador eso “fue una imprudencia” por lo que “va esperar que se terminen los asuntos legales, no queremos ser imprudentes. Es asunto de decencia, urbanidad política”. Bolsonaro, por su parte, se sumió en el mutismo tras confirmarse la victoria. Bukele, que tardó un poco en enviar su felicitación, finalmente lo hizo.

La llegada de Biden a la Casa Blanca exigirá de los gobiernos latinoamericanos un nuevo posicionamiento. Un cambio que afectará de forma diferente a cada país, empezando por la relación con las dos potencias regionales, ambas gobernadas por presidentes populistas y heterodoxos (López Obrador y Bolsonaro). López Obrador parece haber estado cómodo con Trump, como mostró en agosto en la Casa Blanca. Irónicamente, su relación con Biden podría ser más compleja en temas sensibles e icónicos para una Administración Demócrata, como la agenda verde, el respeto al medio ambiente o los derechos laborales. Quien más pierde con la derrota de Trump es Bolsonaro, su único aliado regional incondicional. Bolsonaro está bastante aislado, con serias diferencias con los presidentes de las diferentes “izquierdas”, en especial Fernández por no hablar de Maduro, mientras los de centroderecha no le ven muy fiable. Su vínculo con el exterior era Trump, aunque la relación no haya dado frutos concretos. Con Biden ese nexo desaparece, dando paso a una relación más tormentosa. Su negacionismo del cambio climático ya lo ha hecho colisionar con Biden, al calificar de “desastroso y gratuito” la petición de frenar la deforestación amazónica. Bolsonaro advirtió que esas declaraciones amenazan la “convivencia cordial” entre Brasil y EE UU. Una vez que pase el actual período de efervescencia electoral brasileño (hay elecciones locales en noviembre) quizá Bolsonaro se una a las gestiones que ya está encabezado su vicepresidente, Hamilton Mourão, de acercamiento a la nueva Administración. En un escenario internacional donde la sostenibilidad medioambiental va a jugar un papel determinante, la Amazonía otorga a Brasil la categoría de potencia mundial justo cuando la apuesta de Biden va a pasar por las energías renovables. En la Venezuela de Maduro resistir es vencer, como en la Cuba de Castro. Trump era funcional al régimen chavista, que se fortaleció internamente con sus salidas de tono y con las sanciones, hasta ahora incapaces de socavar al régimen. Biden no rebajaría las sanciones, que ya no serían un fin en sí mismo, sino una herramienta para la democratización. Sin embargo, tanto Venezuela como Cuba tienen larga experiencia para abortar salidas consensuadas a la crisis venezolana. Los asuntos venezolanos y cubanos están entrelazados y ambos regímenes, ahogados económicamente, necesitan cierta apertura internacional, lo cual conlleva concesiones a Washington.

Bob Woodward: “La democracia ha resistido, el fracaso ha sido Donald Trump”. El legendario periodista, dos veces premio Pulitzer, considera que el presidente ‘bananero’ ha fallado en proteger a los estadounidenses. La toma de posesión, este 20-E, de JoeBiden como nuevo presidente de los Estados Unidos, es una de las buenas noticias con las que se inaugura este primer mes del esperanzador 2021. Otra noticia acapara más la atención de la humanidad: la vacunación contra la pandemia del COVID-19. El 11 de septiembre llegaron las primeras vacunas a Cancún y Quintana Roo, ‘el principio del fin’.

@SantiGurtubay

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